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El niño de Auschwitz que contestaba a los nazis

L.G.E. - miércoles, 5 de diciembre de 2018
Sigfried Meir ha escrito un libro contando su experiencie: ‘Mi resiliencia’. / - Foto: Víctor Ballesteros
Al entrar en Mauthausen Sigfried Meir se negó a que le raparan y tuvo que presentarse el jefe del campo. En Auschwitz no se callaba ante los insultos: «Yo les decía 'cerdo tú'»

Es difícil ponerse en su piel. ¿Pero qué creen que haría un niño de ocho años que ha sido deportado a Auschwitz cuando los nazis le llamaban ‘cerdo judío’?. Lo que hizo Sigfried Meir fue contestarles. «Yo les decía ‘cerdo tú’ y se reían, me tomaban el pelo». Así lo contó ayer en Toledo en una ponencia que dio en el marco de las jornadas para entregar el premio a Familia Empresaria que organizó la Asociación de Empresa Familiar.
«Yo tenía el pelo rubio, los ojos azules y tenía la actitud de los nazis, no de un judío vencido, sino de niño rebelde», explicó. Y es que su historia en Auschwitz y luego Mauthausen es la de un niño que  plantó cara. Recuerda que a los siete años su padre le prohibía jugar en la calle en Frankfrut, pero le aseguraba que eran el pueblo elegido de Dios y que les protegería. Por eso, cuando fue deportado al campo de concentración y vio que desnudaban y cortaban el pelo a su madre, enfocó su rabia contra su padre por lo que le había prometido y por no haber huído a tiempo.
Su madre le escondía en la barraca de mujeres donde estaba, pero cuando murió de tifus, se presentó al recuento que hacían todos los días. La mujer nazi se sorprendió al verle y le preguntó qué hacía ahí. «Conté que mi madre me escondió y que aquí me presentaba», recordó, «me tocaron el pelo y me dijo, ya que estás aquí quédate».
Contó que participaba en los trueques entre rusos y polacos, separados por alambradas. «Auschwitz fue mi universidad, aprendí a sobrevivir», expuso. Cuando Sigfried Meir cogió el tifus le llevaron al barracón del doctor Mengele, conocido por sus horribles experimentos sobre todo con gemelos. Recuerda que era «amable y sonriente» y que a él le salvó la vida con lo que le inyectó. «Con lo que me metió podría morir o vivir», cree. Entonces no fue consciente de que había conocido a un  ‘doctor muerte’.

No vivió la liberación del campo, aunque sí los últimos momentos cuando en una noche exterminaron un campo entero de gitanos. Antes de que cayera Auschwitz le llevaron a Mauthausen en un tren sin techo. Al llegar también mostró su carácter. «Me iban a cortar el pelo, pero le dije que no. Hice un escándalo tan grande que el jefe del campo vino», señaló.
Al contarle que sus padres habían muerto y que estaba solo, el jefe del campo le dijo que no le iba a pasar nada y le mandó al barracón de los españoles. Cree que quizá estaba buscando ya el perdón con ese gesto porque era «asquerosamente malo, tenía dos perros adiestrados para matar», aunque eso fue algo que descubrió después de adulto.
En el barracón de los españoles le pusieron bajo la custodia de Navazo, un futbolista español que organizaba partidos «para el placer de los nazis». Meir tuvo que parar la historia emocionado al recordar que en sus ojos vio bondad. Navazo le cuidó y cuando liberaron Mauthausen, le suplicó que se quedara con él como si fuera su hijo, para lo cual tuvo que mentir y decir que había nacido en Madrid, en la calle Quijote.
Su juventud la pasó en Francia, donde durante más de una década fue un cantante de éxito de la ‘chanson française’. «Los periodistas a veces al ver mi número tatuado del campo de concentración -era el 117.943- me preguntaban, pero yo no hablaba de ello», señala.
Dejó la música cuando llegó la invasión del estilo ‘ye-yé’. Un amigo le recomendó cambiar de aires y trasladarse a Formentera donde «se puede hacer todo, porque no hay nada». Pero realmente se enamoró de Ibiza. Y ahí empezó su idilio empresarial. Monto una crêperie a la que iban todos los VIP, un restaurante de lujo estilo parisino, llevando por primera vez a Ibiza el caviar y una tienda en la que copiaba los patrones de los vestidos de las turistas hippies.
 La muerte de su ‘padre español’, quien le había permitido vivir esa vida, supuso un punto y aparte. «Todo lo hacía por Navazo, quería impresionarle», confesó, «murió y tuve una depresión, dejé morir mis negocios y en dos años me arruiné». Dice que no le debe a nadie y que desde entonces vive de una pensión del Gobierno alemán, aunque no quiere volver. Asegura que ni siquiera puede oír hablar en alemán.

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