EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


El Ángel Rojo

05/07/2020

Con los años he ido aprendiendo a mirar a mis semejantes con benevolencia, que no es sino la consecuencia de ponerme en sus zapatos, y siento por la gente la comprensión y solidaridad que yo necesito para mí. Por eso me angustia el ambiente de enfrentamiento en que vivimos y si hoy voy a hablar de Melchor Rodríguez es como ejemplo de un hombre magnífico que fue delegado de Prisiones y último alcalde del Madrid en guerra. Siendo republicano y anarquista, la historia lo ha bautizado como el Ángel Rojo pues durante la guerra salvó de una muerte segura e injusta a muchos condenados del bando opuesto.
Su acción más conocida fue el 8 de diciembre de 1936 cuando se enfrentó al gentío que trataba de asaltar la cárcel de Alcalá de Henares para matar a los presos de la derecha en represalia por el bombardeo sobre la población, como días antes otra multitud había asesinado a 319 de los 320 presos en la cárcel de Guadalajara. Durante 10 horas se enfrentó a quienes le rodeaban con fusiles y a base de oratoria y prestigio personal salvó la vida de los 1.532 prisioneros.
En los meses en que se mantuvo en el puesto, se multiplicó tratando de parar las ‘sacas’ o excarcelaciones previas a los fusilamientos, en un pulso continuo con la Junta de Defensa de Madrid, controlada por los comunistas José Cazorla y Santiago Carrillo que trataban de limpiar la retaguardia llevando a miles de personas a las fosas de Paracuellos.
Con la frase «Se puede morir por las ideas, pero no matar por ellas», Melchor Rodríguez formó parte de una corriente ácrata, humanista, en un grupo libertario que trató de poner coto a los desmanes ajenos e incluso a los propios excesos del pistolerismo de una parte de la FAI, en la que militaban aventureros y resentidos sociales.
La fe en el hombre era su poderoso resorte: «Si he actuado con humanidad, no ha sido por cristiano, sino por libertario». Y su hija comentaba: «Con tantas veces que estuvieron a punto de matarle, no me explico cómo pudo morir sin creer en Dios».
Hoy día es un ejemplo de hombre público que avergonzaría a nuestros políticos. Trabajó con sus manos y se labró una cultura, antepuso el bien común al medro personal, rechazó en la posguerra las prebendas de los franquistas agradecidos y fue tan consecuente con sus ideas que durante la dictadura siguió como activista y conoció la cárcel.
Fue protagonista de dos milagros del entendimiento, con los que quiero cerrar esta semblanza. El primero, en el entierro de Serafín Álvarez Quintero en el Madrid de 1938 consiguió que, en contra de las ordenanzas republicanas, se pusiera un crucifijo sobre el féretro cumpliendo así la última voluntad del dramaturgo. El segundo, a su muerte en 1972 acudieron al entierro personas de ideologías enfrentadas. En un ambiente de silencio, unos rezaron un padrenuestro y otros cantaron A las barricadas, y ante el respeto de las autoridades, el féretro fue cubierto con la bandera roja y negra del Movimiento libertario.
Melchor Rodríguez fue un buen político porque era una gran persona. Tan sencillo.