PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Bajo la Luna del Lobo

(Llegó a su máximo esplendor el fin de semana pasado pero lo dejo aquí anotado para traer un poco de belleza y sosiego a la aspera fealdad de tantas cosas que nos rodean y cercan).
En hermosa soledad pero envuelto en los sonidos, los silencios, las presencias y las vidas de esta tierra, que algunos soberbios idiotas embetunados de ruido han venido a llamar «vacía», he disfrutado de la Luna del Lobo.
Nombraron así los indígenas cazadores y recolectores de Norteamérica a este primer plenilunio del año para señalar que era cuando mas escuchaban el aullido del gran cánido en la cercanía de sus campamentos de tiendas de pieles de búfalo. Ya sé que ahora algún científico, armado de artilugios mecánicos se habrá puesto a contar aullidos durante unas cuantas noches y concluir, más que nada por joder, que ni los lobos aúllan más ni tampoco lo hacen a la luna. Pero yo me quedo con la sabiduría de los Lakota que es mucho más vivida y, donde va a parar, infinitamente más bella.
Por donde yo ahora contemplo absorto el astro de la noche no han vuelto a asomar todavía, aunque ya campean cerca, los ancestros salvajes de nuestros perros y no he podido escuchar su cántico de saludo, llamada y acompañamiento al navegar de su luna por los cielos. En estas noches limpias y transparentes, destilando hielo por cada una de las puntas de sus incontables estrellas, me he tenido que conformar con el ulular de un gran búho y los guarridos ansiosos de un zorro en celo en busca de compañía vulpina. Pero la he gozado de ella en su plenitud redonda con la mirada atrapada en lo que los humanos, quizás incluso hasta antes de serlo, no podemos dejar de mirar fascinados por ese brillo y esa luz que ilumina de manera estremecida a la tierra oscurecida y nos hace aguzar todos los sentidos.
He aguantado bajo su brillo y su influjo, prendidos los ojos de sus luces pálidas, hasta que en mi piel acababan de desempatar el abrigo y el frío y éste, vencedor, me acababa por hacerme retirar hacia las brasas que aún se mantenían cálidamente vivas en la cabaña esperando que les diera sustento para ofrecerme su caricia.
La quietud de una primera noche me permitió escrutar todos los roces y los pasos más furtivos. La segunda, ayer, el viento alborotó las matas y las encinas revolviéndolo todo e impidiendo escuchar nada que no fuera su desenfreno. Pugnando además, obsesivo y sin dar tregua, por meter el cuchillo del frío por la más mínima rendija hasta alcanzar la piel con su filo y terminar por conseguir mi huida.
El amanecer aún me ha regalado el rastro de polvo de plata con que la Luna del Lobo ha dejado escarchados los labrantíos