EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Animalistas

Hay un vídeo que circula por la red en donde aparecen dos seres humanos -de racionalidad escasa y sexo indefinido- afirmando por las buenas que los gallos son violadores de las gallinas y hay que imponerles una orden de alejamiento. Suponen que las hembras a las que se acerca el macho con pretensiones libidinosas sufren porque son inmunes al placer sexual y no darían su consentimiento al coito. Estas necias ignoran los mecanismos del placer, y si los felinos tienen pene de castigo, esa violencia es lo que excita a las leonas. Su absurda propuesta acabaría con la especie —no ya de las gallinas sino también de las golondrinas y las cigüeñas y, por extensión, hasta de los perros y los gatos— al bloquearse su modo natural de reproducción.
Su tesis de base es que no hay barrera entre los seres vivos y, por tanto, hombres y bestias formamos un continuum. Con parecida arbitrariedad ignoran a los vegetales, pese a que también son seres vivos y sexuados aunque se expresan peor y se mueven menos. Quizás por ello, y dentro de ese magma biológico, las chicas del vídeo lucen un aspecto tan alejado del femenino humano como si estuvieran buscando de novio a un oso hormiguero.
Los movimientos animalistas reclaman un trato incruento y amable a los animales, acertando al defender que no son cosas, pero yerran al atribuirles rasgos intelectuales y morales de los humanos, para pretender que tengan los mismos derechos. Un animal es acreedor del trato que el hombre le conceda mediante las leyes, pues no es sujeto de derechos quien no es capaz de contraer responsabilidades. Los animalistas crean un mundo acientífico y realmente antiecologista, donde el animal es el mudo depositario de la ideología, los anhelos y las frustraciones de sus promotores.
Cuando el animalismo se alía con el feminismo, la conjugación de ambos movimientos ha llegado a producir actitudes sentimentales pero irracionales. La Asociación Libertad Animal ha trasladado al mundo animal las reivindicaciones del feminismo —que en este caso sería hembrismo—, protegiendo a las gallinas del maltrato y la explotación, pero los pollos, allá ellos. La líder mexicana Jesusa Rodríguez lucha contra el patriarcado que ignora los derechos de los animales hembra, con lo que mis amigos de Jalisco no podrán comer huevos que es un alimento básico allá. Jesusa amplía la liberación femenina «a las vacas, puercas y burras». Con ello entiendo que si alguien comete la crueldad de comerse un bistec con patatas, al menos debe asegurarse de que la carne sea de choto y no de ternera.
La organización animalista PETA considera a las gallinas «víctimas del humano y del gallo». Y prescribe que se deje de comer huevos, que es una «forma de explotar a las hembras». calificando a las mujeres que cocinan con huevos de «traidoras de su propio género» y «cómplices del patriarcado».
Mi abuelo hubiera espetado a estas visionarias, que no se puede jugar a las ideologías con las cosas de comer.


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