LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Falso culpable

Cada uno es libre de elegir quién nos cae bien o qué sujeto nos resulta ofensivo, pero es inaceptable no saber distinguir a un enemigo de un aliado. En Europa es común confundir presidente republicano con peligro público para la paz mundial, mientras que cualquier candidato demócrata es un amante de la libertad y respetuoso con la soberanía planetaria. Respetar a Donald Trump como presidente no implica claudicar o defender posturas personales equivocadas; simplemente supone reconocer que ganó unas elecciones en un sistema democrático y en un país donde la separación de poderes es efectiva.

Ninguna otra nación occidental se acerca a la libertad de expresión, de conciencia o pluralidad informativa que atesora Estados Unidos. Los partidos radicales europeos que alaban ciertos Estados, obvian que los ciudadanos de dichos paraísos no pueden votar, criticar u oponerse a sus dirigentes sin que su integridad física o existencial terrenal pase a otro estadio. Este detalle menor nos debería inspirar a la hora de saber con quién es mejor llegar a acuerdos y con quiénes es prudente mantener cierta distancia.

En la Unión Europea es visible que el síndrome de Estocolmo con Rusia campa a sus anchas. No se sabe si es miedo a una invasión o puro mercantilismo, pero demostramos una ausencia de firmeza y criterio hacia Putin que explica la incomprensión americana. Desgraciadamente para los ucranianos, tardaron en visualizar cómo se las gasta Europa cuando ve tres soldados juntos. En unos meses, a Alemania le será difícil justificar un incremento del gasto de defensa para protegerse de Rusia cuando el gaseoducto esté plenamente operativo.

El caso chino es distinto ya que la Unión Europea carece de cualquier visión estratégica, capacidad militar u orgullo que proteger; simplemente son negocios. En este aspecto, los políticos e incomprensiblemente los ejecutivos de multinacionales se han rendido a los pies de un mercado potencialmente gigantesco. Después de 30 años y una brutal transferencia tecnológica, el resultado ha sido deprimente ya que el gobierno chino sabía desde el principio lo que quería. Evidentemente la libertad empresarial no era una de ellas.

En la conferencia de Munich Josep Borrell consiguió insultar a Estados Unidos y al Vaticano en una sola frase, enfrentarse a Polonia, irritar a Francia e incomodar a Alemania. Con las responsabilidades diplomáticas que él tiene, es inteligente cuidar las palabras para evitar los conflictos innecesarios o estarás haciendo un Trump. Con la diferencia de que él fue elegido democráticamente, a Borrell no le votó nadie para el cargo.



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