LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Las mascarillas del averno

Las mascarillas se han agotado en España por temor al coronavirus. Podrían haber sido los condones, pero no ha sido así. La peste del XXI se propaga por la boca y no por el ano. Las farmacias no dan abasto y repiten lo que Larra decía en el XIX, vuelva usted mañana. El esperpento se completa cuando escuchas a las autoridades sanitarias decir que la mascarilla tampoco vale para tanto. Da igual, hay necesidad y demanda. La sociedad de consumo lo pide y las redes sociales lo imploran. Yo vengo de Miguelturra y estoy salvado, pues me he traído una máscara mayor que cualquiera de las que he visto en boca de chinos y europeos. La psicosis recorre el mundo y esto no lo para ni Dios. Piden trescientos euros por ellas y el mercado negro se frota las manos. El estraperlo será juego de niños al lado de las mascarillas. Se van a prohibir los besos con lengua.
Ha empezado la Cuaresma y algo de ceniza invade las sienes. Espero cada domingo como homilía la aparición del señor de voz meliflua que tanto sabe de virus. Es el mismo que informó del Ébola y que ahora lo hace del Coronavirus. Los socialistas pidieron la dimisión del ministro cuando estaban en la oposición. Page dijo algo bonito el otro día en San Clemente. El virus no hace distinción de nacionalidades y regiones, o algo por el estilo. Eso es cierto. ‘Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece’, decía Calderón en La vida es sueño. Y sueña el pobre en su pobreza, igualando a todos la muerte. No quedará nadie vivo tras el Coronavirus. Habremos muerto de inanición de verdad y mustios.
El miedo es libre y corre en bolas por la calle. Los chinos ya no tienen donde meterse y Trump canta victoria. Dicen incluso que el virus lo ha ideado él para vencer al gigante asiático. Del gran paso adelante a la gran hostia epidémica. No queda un Huawei libre de sospecha. Estoy por tirar mi teléfono al Tajo y que se vaya con el trasvase. Crecen los bulos por doquier. Ayer me llegó uno en el que decían que habían confinado a cien personas en un club después de que una prostituta hubiese dado positivo. Otra cosa no nos falta en España. Humor y virus a partes iguales. Si muere Marta, que muera harta. El otro día pedí el desayuno en el bar con el coronavirus en la tele. Si me voy al Más Allá, que sea con la tripa llena.
De vez en cuando, nos molan movidas de estas. Dan para conjuras y manos negras. Hay que depurar la Humanidad y dejarla en los huesos, dicen algunos. La gripe española mató hace un siglo medio continente. Esta vez hemos tenido más suerte y han sido los chinos. Son los únicos que ya tienen mascarillas, los de la esquina de mi casa. Pedro Sánchez ha estado a punto de caer en el CIS después que se supiera que estuvo con el eslovaco. Lo que no consiguieron sus mentiras, casi lo logra el virus. Plácido Domingo pide perdón por una época y lo echan de la Zarzuela. Preludio de lo que le pasará a Susana Díez. El virus del acomplejado es infinito. Lo mismo que España y la mesa de trileros inventada por los catalanes. Perdieron el procés, pero han resucitado por un presidente vírico. Victoria Prego, la más lista de todos nosotros, lo ha dicho claramente. La mesa es un trampantojo. Una visión óptica, una ilusión, un coronavirus de derechos adquiridos y nacionalidades históricas. La sardana se bailará con mascarilla, pero se bailará. Desde que está el virus, voy con la boca abierta por la calle. Si muero joven, por lo menos que me saquen en los periódicos.