EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


¡Ah de la muerte!

09/03/2021

Bajo la mano amplia y vaporosa de la pandemia hay amigos que han perdido la vida, y al partir nos han dejado una pena y una interrogación, que es la pregunta que pende siempre sobre la humanidad y que ahora cobra mayor presencia. ¿Esos amigos sobreviven? Y, en tal caso, ¿dónde y cómo están?  Los poetas son capaces de inventar consuelos al margen de lo probado, como Jaime Sabines para el que el ocultarse de ellos significa ‘estar en todas partes en secreto’.
Dentro de su absoluta certeza, la muerte juega a ser inesperada. pero el resultado de este juego de opuestos es de una absoluta eficacia porque nadie se le escapa vivo. También es de total distinción y personalidad para el difunto porque nadie se muere por delegación en otro.
Unos credos confían en la resurrección de los cuerpos, con sus almas incluidas, cosa  de difíciles normas de aplicación porque cualquiera se pregunta ¿quién de los que he sido va a resucitar? ¿cómo puede la muerte guardar la consistencia de lo que no la tuvo? ¿cómo será la eternidad de un cuerpo que es solamente arena de minutos? Más llevadera pero no menos ardua sería la reencarnación, un orientalismo en que te asignarían revivir con tu alma portátil en otro cuerpo homologable y de estreno. Ante el misterio, la gente inventa lo que puede.
Ninguna de estas propuestas constituye ciencia porque no es experimental ni razonable y todo se basa en creencias personales, por lo que yo puedo aquí aventurar sin riesgo mis propias ideas que no van a ser ni trasferibles ni cuestionadas, y solo servirán para animar el foro.
En un sistema cerrado aunque todo se trasforme nada se pierde, con lo que en este trasiego de ultratumba tengo la garantía de permanecer como un trozo de fosfato o una burbuja de metano, pero lo que me importaría es mantener la conciencia, conservar el yo. El mismo yo o uno nuevo. Pero como la conciencia tiene base neuronal, hasta perder un pelo me desvirtuaría.
El ser no es incausado ni abdicable y tendría que darme por satisfecho de haber sido una vez, que me hace seguir siendo ‘en tiempo pasado’, porque esa vivencia nunca prescribe. La inmortalidad del ‘haber sido’, la valora Rilke en su 9ª elegía a Duino.
Me sostiene el poder del silencio eterno, de cuya fertilidad apareció mi vida y a cuyo mutismo volveré. Pienso que he transitado por sucesivas vidas de las que no tengo recuerdo y espero vivir en otras por venir de las que tampoco hay indicios. Detrás y delante de la vida hay la misma nada como forma de ser. Este proceso continuo de vidas y muertes no hay razón para que se detenga, con lo que no somos inmortales, pero sí seremos eternos.
Mi instinto me hace creer que si permanecer es más fácil que empezar a ser, y en nosotros se cumple el primordial absurdo de estar vivos, mantenernos en ello sería un absurdo asequible de menor grado. Lo dejo a cargo del maestro armero, porque nada está en mis manos.
¿El ansia de sobrevivir puede ser constitutiva del ser? Ante el mutismo de los científicos son los poetas los que animan a la esperanza. William Butler Yeats escuchó a una muchacha en una playa de Normandía cantando esta oración: «¡Señor, haz que algo permanezca!» y escribió luego en su libro A Vision este hermoso deseo: «O Lord, let something remain!».