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Un hacha del sector

Leo Cortijo
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Después de más de media vida dedicado «en cuerpo y alma» a una misma profesión, Martín Romero comanda una de las inmobiliarias más importantes de Cuenca, siempre con «el entusiasmo y la ilusión» del primer día.

Un hacha del sector - Foto: Reyes Martínez

Lleva más de media vida en esto. Martín Romero empezó con 21, ya ha visto florecer más de 54 primaveras y ahí sigue, al pie del cañón y con el entusiasmo y la ilusión del joven que emprendió camino en el «muy difícil» mundo del mercado inmobiliario. En los albores de 1989, y bajo la tutela de su padre, abogado, profesor y titulado como agente de la propiedad inmobiliaria, decidieron alzar la persiana. Por entonces, comenta, dentro de un negocio muy «primitivo», y es que la Cuenca de hace 30 años no era, ni de lejos, como la de ahora. «Empezamos de cero», explica un Martín al que se le iluminan los ojos cuando rememora los primeros pasos de un camino de más de tres décadas y que ha culminado como una de las agencias más importantes de la ciudad dentro de este sector.

Entonces el lápiz y el papel eran las principales herramientas de trabajo, además de «cabeza, mucha cabeza». Bueno, eso y una Olivetti en la que «se hacían los contratos con papel de tres calcos, uno para el comprador, otro para el vendedor y otro para mi». Alquilaron uno, vendieron otro y después otro y más tarde otros tantos... hasta que el negocio fue creciendo y pasando de base en base. Por eso se trasladaron de Princesa Zaida a su actual emplazamiento, en la calle Cervantes. Esa oficina, «que es de puertas abiertas para todo el mundo», reconoce que ya se le ha quedado algo limitada, y es que en esta pequeña gran familia de esta familiar inmobiliaria ya son siete miembros, «jóvenes, altamente cualificados, muy trabajadores y con muy buen rollo», recalca. El vendedor sabe venderse muy bien... No podía ser de otra manera, todo hay que decirlo.

Martín comanda la embarcación junto a su hermana María Ángeles, una capitana «ágil y eficaz» en el terreno jurídico y documental. «Tanto monta, monta tanto», apunta él para describir la simbiosis que se produce entre los dos hermanos.

En este nuevo local, en el que empezaron a mediados de los 90, ya contaban con escaparate, y eso supuso toda una revolución. «Comenzamos a poner carteles con las fotos que hacíamos con una Polaroid, todo a papel y boli y sin ningún medio informático». Llegan los primeros años del nuevo milenio. Tiempo de burbujas en un sector que crece –o se infla– como la espuma. El volumen era tan grande que tuvieron que informatizarse y adquirir un software especializado para agilizar la ingente cantidad de trabajo. No daban abasto. El programa cruza datos y guarda preferencias dentro de una cartera de clientes con conexión además a los principales portales inmobiliarios, algo que terminó de «dinamizar» todo el panorama.

Hablando de panoramas, ahora éste pinta de forma, digamos, singular, y es que «estamos en una etapa en la que se dejó de construir, la demanda se ha acumulado y no hay mucha oferta». Bien lo sabe Martín, que a lo largo de estos «treinta y tantos» años ha sabido salir «airoso» de todos los vaivenes que han azotado el barco. Una noria de subidas y bajadas con los «brutales» puntales de la crisis financiera de 2008 y la pandemia.

Todo se lo debe a su experiencia, y a ese concepto mágico de «toda una vida» dedicándose a lo mismo y «no de cualquier manera», advierte. «Sigo en cuerpo y alma como el primer día», dice con ahínco un Martín tan «implicado» como el que más si lo que hay que hacer es enseñar un piso o subirse a una escalera para poner un cartel. «Lo que buenamente toque», remata.

Así puede presumir –y lo hace con orgullo– de sus «fieles» clientes, a los que se ha ganado a base de suministrar «profesionalidad, seriedad, formalidad y garantía», apunta como los cuatro pilares de su leitmotiv. Los cuatro mismos pilares que le enseñó su padre y que él enseña ahora a su hijo, también Martín y también Romero. Los hay que nacen predestinados...