TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Prohibido (también) fumar

14/08/2020

La Xunta de Galicia, en aras de su lucha contra el coronavirus, restringe drásticamente el fumar en lugares públicos, incluyendo la calle y las terrazas. Una prohibición más, aunque esta seguramente necesaria: leo informes con pretensión científica que aseguran que es un paso positivo para prevenir contagios. Entonces ¿por qué no se ha impuesto medida semejante en todo el territorio nacional? Seguimos siendo el ejército de Pancho Villa, descoordinados y caóticos. Este del tabaco es el último ejemplo de hasta qué punto España se está convirtiendo en un modelo de desorganización, un reino de taifas. Algo parecido al caos. Porque, aparte de esto del humo, hay muchas otras cosas en llamas. Pasen y vean.

Tomemos, por ejemplo, lo de la FEMP (Federación Española de Municipios y Provincias), organización hasta ahora modélica por la falta de sectarismo y la eficacia al servicio de los ayuntamientos, independientemente de su color. La pretensión del Gobierno de hacerse -simplificando mucho, claro: dicen que los devolverán en diez años- con los 14.000 millones de remanentes que, en virtud de una ley Orgánica de 2014, los municipios no pueden gastar, ha desencadenado una auténtica batalla interna, que amenaza con hacer zozobrar al Ejecutivo de coalición cuando esta cuestión llegue al Parlamento. Con lo fácil, digo yo, que hubiera sido pactar entre PSOE y PP la derogación de una ley aprobada en tiempos muy diferentes a los actuales y fomentar que los ayuntamientos gasten sus remanentes en programa eficaces en la lucha contra el virus que nos devasta...

Pero no. Increíblemente, me atrevería a decir que el nuestro es casi el único país europeo en el que Gobierno y oposición no trabajan de consuno para enfrentarse a la situación más difícil que la nación vive desde la guerra civil. Y todo son problemas 'políticos' que se sobreponen a la necesidad básica de reconstruir una España zozobrante y ponerla en pie de guerra contra los rebrotes, materia en la que ostentamos el muy lamentable liderazgo mundial, ahí queda eso: que si el que fue jefe del Estado durante cuatro décadas, 82 años a sus espaldas y con esta pandemia contagiosa, anda por el mundo mundial en paradero desconocido; que si el partido coaligado con el PSOE tiene algunos, ejem, conflictos con los tribunales y que tales 'affaires' están todos los días en las portadas de los periódicos; que si en septiembre Quim Torra aprovechará su inhabilitación para armar la marimorena; que si Vox llevará adelante su absurda moción de censura sí o sí...

Siempre se ha dicho, con sarcástico humor, que un político es alguien que crea los problemas para luego solucionarlos. No es el caso: aquí se crean para luego agravarlos. Y la casa sin barrer. Bismarck tenía razón: los españoles somos el pueblo más fuerte del mundo, porque llevamos siglos intentando destruirnos y aquí seguimos, como si nada.

Y mientras, ya digo: lo del 'stop', por ahora solo gallego, al tabaco. O la rebelión de los municipios, que bien podría haberse evitado con una reunión entre el jefe del Ejecutivo y el líder de la oposición (increíble: no se ven desde hace más de cien días) para acordar la derogación de la citada ley. El guirigay es tal que ahora mismo la descoordinación entre las autonomías impide la aplicación de ese invento español -a veces inventamos, oiga_, el Radar Covid, que es una APP para rastrear el coronavirus, ya que rastreadores de carne y hueso nos faltan por todas las esquinas.

Pues resulta que utilizar la aplicación en el lamentablemente descentralizado sistema sanitario español (diecisiete normas diferentes para tantas cosas...) es algo que no podrá hacerse como pronto hasta mediados de septiembre, precisamente porque cada Comunidad tiene que 'adaptar' el invento a su propia normativa y funcionamiento, en lugar de hacerlo al revés. Para entonces, y a este ritmo, tendremos cerca de cuatrocientos mil nuevos infectados.

No podemos extrañarnos de que el maldito virus vaya ganando la partida a este ejército de Pancho Villa, mal uniformado, sin botas y con demasiados jefes, en el que hemos devenido, dicho sea con todo el dolor de nuestro corazón.

 



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