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Una frontera en continua amenaza

M.Traspaderne-M.Siali (EFE)
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Cuatro meses después del salto masivo en Melilla que acabó con 23 'indocumentados' muertos, el monte Gurugú en Marruecos vuelve a ser el refugio de los cientos de 'sin papeles' que anhelan llegar a España

El pasado 24 de junio, entre 1.700 y 2.000 personas intentaron cruzar la valla limítrofe con el reino alauita. - Foto: EFE

Los pinos del Gurugú, la tristemente famosa montaña marroquí que sirve de refugio a los migrantes antes de aventurarse a saltar la valla para entrar en la ciudad española de Melilla, vuelven a servir de improvisada vivienda para decenas de subsaharianos. «No sabéis lo que ha sido esto». Ali pernocta cada día junto a su puesto de golosinas en ese monte y hoy no ha dormido. Las redadas han vuelto al lugar, donde los sin papeles se congregan de nuevo desde hace días para intentar cruzar.

Lo hacen pasados cuatro meses de «tregua» tras la tragedia de Melilla del 24 de junio, cuando entre 1.700 y 2.000 indocumentados, la mayoría sudaneses, intentaron saltar la valla fronteriza y entrar así en España en un episodio que le costó la vida a al menos 23 de ellos.
Ali (nombre ficticio) es testigo de muchas redadas en el Gurugú, pero desde junio no se habían repetido. A los supervivientes del cruce más multitudinario y mortal que se recuerda en la valla, las autoridades marroquíes los metieron en autobuses y los trasladaron a ciudades lejanas, donde algunos curaron sus heridas en la calle.

Pero ahora, según confirman los propios migrantes, se están preparando para un nuevo intento de entrada, cansados de malvivir en las aceras, parques y edificios abandonados de Casablanca o Rabat, siempre con una sola idea en la cabeza: el sueño europeo.

Muchos son sudaneses, que cruzaron miles de kilómetros huyendo de la guerra y la pobreza hasta acabar en Marruecos, la vía de acceso a Europa. El intento de junio, en el que sus compatriotas sufrieron aplastamiento, asfixia por los gases policiales y violencia de los agentes -sin contar a los que fueron devueltos en caliente nada más pisar suelo español-, les dejó huella, pero el deseo de cruzar es más fuerte.

Desde ese 23 de junio por la noche, el Gurugú había estado tranquilo, atestigua Abdelkader Tauil, con chaleco amarillo, silbato al cuelo y gorra de la bandera marroquí.

Lleva toda la vida, afirma, guardando los coches de los domingueros y ha visto a muchos subsaharianos pasar. «Se esconden por el día y salen por la noche para buscar algo para comer», explica, pero ahora, añade, «hay muy pocos». 

Y es que, dar con ellos no es tarea fácil. Suelen esconderse en los riscos de este monte de 1.000 metros de altura junto al mar. Y tras la redada que quitó el sueño a Ali tienen aún más cuidado. Solo se encuentran, con suerte, restos de ropa y latas recién consumidas, pero ni rastro de los sudaneses. 

«Las autoridades nos dicen que hay que tener cuidado con ellos, pero viven tranquilamente. En el Gurugú hay vacas, hay ganado, y no tocan nada. Aseguran que son peligrosos, pero no es verdad», añade. Sin embargo, se teme que los sudaneses, que entran desde hace más de un año a Marruecos desde la frontera argelina (Acnur registró 1.300 entre junio de 2021 y el mismo mes de 2022) marquen un antes y un después en los métodos de cruzar a España por tierra.

Otro 'modus operandi'

El intento del 24-J se caracterizó por un modus operandi distinto a los anteriores, al producirse de día, por un paso fronterizo, en un grupo numeroso y armados con palos de madera, frente a los «tradicionales» de bandas pequeñas, de noche y sin otros elementos que objetos para escalar la valla. 

Ahora, vuelve un goteo de grupos pequeños a la zona y ha habido 17 detenidos estos días en la provincia de Nador, la ciudad marroquí fronteriza con Melilla. El pasado fin de semana se arrestó a otros 200 en esa provincia, y en ciudades cercanas como Berkan y Uxda (a 80 y 130 kilómetros al este de Melilla) se están congregando cientos, venidos muchos de Casablanca.

Las autoridades temen que se podrían movilizar hasta 5.000 personas de producirse una nueva intentona en la Ciudad Autónoma, a las que ni los gases lacrimógenos, ni las porras, ni la distancia les persuaden para renunciar a lo que les empujó a salir de un país en guerra.