TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


De negros y cacahuetes

07/07/2020

Matar al mensajero es el título de una película, basada en hechos reales, en la que aparecen mezcladas el mundo de la droga, los negros, y la CIA. El narcotráfico debía de abastecer de dinero y armas a la CIA, y ella únicamente se dedicaría a mirar para otro lado cuando la droga procedente de Nicaragua inundaba los barrios más pobres de los Ángeles. Gary Webb es el periodista que destapó el asunto, y muere sin que se sepa muy bien si fue suicidio o asesinato. En la película se exhibe la necesidad de una prensa libre y comprometida. Me gusta opinar, implicarme, pero para ello debo someter mis intuiciones al escrutinio de la verdad, y muchas veces las líneas no están tan claras como me gustaría. Cuando esto escribo hace poco que ha muerto George Floyd asfixiado por un policía en Mineápolis (25 de mayo) y no es opinable a pesar de que una autopsia diga una cosa y otra la contraria. Si las autopsias y las imágenes se contradicen que no pasara en otros ámbitos de la información. Trump echa la culpa de los disturbios a los radicales de izquierdas y los de izquierdas a Trump. Aunque los dos bandos tengan su razón no hay sensato que entienda que para ser razonable hay que matar. Ahora Trump justificará la acción del ejército y los otros las protestas y saqueos. Muchas más muertes después no darán la razón a nadie que asesine o desvalije, y la biblia exhibida por el rubio machote culpabiliza al que la utilizó. David Dorn, un policía negro retirado, acudió a la llamada de un amigo que se sintió amenazado por los que asaltaban su negocio en Missouri, y fue asesinado a tiros por los asaltantes. Su vida no es importante piensan los vándalos que se alimentan de la ira de una comunidad sometida, y la cordura vendrá de uno de los cinco hijos de Dorn: «A la persona que apretó el gatillo le diría que recapacite y piense la verdadera razón por la que están manifestándose. Que lo haga de manera positiva». Se mata a un negro para protestar porque alguien ha matado a otro negro. Ahora ha subido de nivel el protagonismo, y Trump culpa a Biden, y los hay que meten a Soros, Gates, y el Papa en el mismo saco, no sé si para confundir o para acabar de enfrentar a unos contra otros. Yo creo que en España se podía haber evitado la muerte de miles de personas en estos últimos meses, no soy el único, pero no hemos matado a nadie que estuviera implicado de manera activa o pasiva en los sucesos. Somos muchos los que no creemos conveniente alimentar el odio en nuestro entorno, sencillamente porque creemos que odiar no es la solución para nada. No hablare mal de los anglosajones, y bien tampoco, que para eso están la hemerotecas y los libros de historia. La conquista del oeste, la guerra de la independencia, las Cherokee, la de los colonos de Texas, la guerra con México, contra los Apaches, la Guerra de Secesión, la hispano-estadounidense (1898), algunas de las guerras que ha librado este gigante económico, sin mencionar las que ha librado lejos de sus fronteras. Ahora la ignorancia, estupidez, o la mala leche de unos desgraciados derriba estatuas, que como la de Colón hicieron más bien que mal. Objetivamente hay más racismo en Estados Unidos que en el resto de América. Maldita leyenda negra y los ignorantes que la impulsaron. Matemos al mensajero, al emisor que dice una verdad molesta para el interés del poderoso, es la consigna de muchos gobernantes actuales, que no solo se tuestan cacahuetes en la patria de J. Carter. En otros sitios se cuecen tesis doctorales, en otros las logias ponen a sus miembros, y en otros corrompiendo y engañando se suben hasta que echan al pueblo. Lo de oriente, lo del sur, lo de la Siberia, o Mao, ustedes me dirán como se cocinó, quien puso al pueblo en la parrilla y lo tostó para comerse luego los cacahuetes. Los mensajeros libres impiden que el pueblo se calcine, que los gandules de pensamiento sean engañados, hacen que la humanidad sepa, y la justicia no sea solamente un instrumento para que los que alcanzan el poder no sean ajusticiados. Y lo digo en un país en el que los políticos no devuelven lo robado, en el que cada vez hay menos gente que dedique veinte minutos al día en buscar información fiable de lo que sucede.