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José Luis Muñoz

A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Sorprendente, incansable, Carlos de la Rica

07/07/2022

El panorama humano que ofrece la provincia de Cuenca tiene catalogados un extraordinario mosaico de individuos, casi todos hombres, pero también alguna mujer, con los que se podría formar un extraordinario panel figurativo en el que cabría toda suerte de especímenes, incluyendo algunos pícaros selectos que darían alegría al conjunto. Algo de eso es lo que hizo Víctor de la Vega con su Retablo (en el primer piso de la Diputación) pero aquí hay solo héroes, santos y personajes brillantes. Yo hablo de ampliar el repertorio para dar cabida a sujetos verdaderamente originales, atrevidos, creativos, transgresores de las normas. Como lo fue Carlos de la Rica, al que hoy quiero hacer del secular olvido en que descansa su memoria y ello porque hay un motivo concreto que merece la pena considerar.
Escritor y sacerdote (o a la inversa), nació en Asturias donde su padre, militar, estaba destinado, regresando a Cuenca cuando todavía era un niño; ingresó en el seminario conquense en 1946, participando activamente en el dinámico movimiento literario que tuvo cobijo en las frías aulas del hermoso caserón de la Plaza de la Merced. Allí, junto con otros atrevidos seminaristas (Florencio Martínez Ruiz, Luis López Fernández) emprendió diversas aventuras y en especial la edición del único número de Gárgola, un ejemplar manuscrito por ellos con ilustraciones de Carlos de la Rica. Toda una joya de la literatura. En 1951 ya se había incorporado a la vanguardia poética y empezaba a producir disgustos en el ánimo tranquilo y conservador del obispo Inocencio, para quien debió ser un desahogo que Carlos se fuera una temporada a Barcelona a experimentar la forma de hacer convivir la cultura clásica con la modernidad. Pero tras esas vivencias, regresó a Cuenca, fue ordenado sacerdote en 1956 y se le encomendó la parroquia de Carboneras de Guadazaón (a la que luego se incorporaron otros pueblos próximos), en la que permaneció hasta el día de su muerte. A partir de ese momento y por obra y gracia de Carlos de la Rica, Carboneras de Guadazaón se convertiría en un punto de referencia inevitable para la cultura conquense en sus aspectos más dinámicos y renovadores, a través de una triple vía, la religiosa, la literaria y la lúdica, que le da vías para hacer todo. Dirige grupos juveniles de teatro, viaja por el extranjero, mantiene correspondencia con escritores de otras culturas, escribe sin parar, libros y artículos periodísticos y, además de todo ello, se vincula directa con la desterrada Casa Real española, mantiene amistad personal con el conde de Barcelona al que visita con frecuencia en Estoril. Como remate de esta personalidad agitada y creativa, en 1961 funda la editorial El Toro de Barro, espacio afectuoso en el que encuentran refugio docenas de jóvenes poetas que ahí pueden publicar sus primeros libros. 
La inquietud de Carlos de la Rica por romper moldes le llevó a protagonizar él mismo situaciones de compromiso cultural y estético, como el movimiento de «Los Experimentales», fundado en 1968 que promovió la poesía visual a través de un peculiar espectáculo escénico en el que se combinan la danza y la expresión corporal con la literatura. Adopta con decidida voluntad rupturista la filosofía hedonista de los hippies; da recitales de vanguardia estética en colegios mayores y se asoma a los grupos teatrales del momento, para los que escribe también una tragedia y un auto sacramental, cuyo montaje dirigí yo en la Plaza de la Merced y que para mí fue una experiencia verdaderamente asombrosa..
Pero me he ido por las ramas porque el principal objetivo de este artículo era llamar la atención sobre un singular aspecto de este extraordinario personaje y que pone de relieve las características polimórficas de su personalidad. Ocurre que, entre libro y libro, entre artículo y articulo, apareció el pintor muralista que se dedicó nada menos que a decorar los muros de su iglesia, con una serie de frescos vinculados, como es natural, a la vida de los santos, en un estilo que va del naïf al modernismo pasando por las escuelas clásicas. La decoración mural de la iglesia de Carboneras de Guadazaón es una obra sorprendente, desde luego originalísima, digna de ser contemplada por cualquier persona que tenga interés por la cultura popular y el arte. Él mismo montaba los andamios y preparaba las pinturas. Quienes entonces fueron sus monaguillos lo recuerdan con emoción.
Las pinturas murales de la iglesia de Carboneras están en un punto preocupante, porque el paso del tiempo ha sido inclemente con ellas. A estas alturas, corren el peligro de desmoronarse si no se acude con rapidez a aplicarles los remedios que la técnica dispone. El pueblo quiere hacerlo pero necesitan ayuda. 36.000 euros costaría la intervención. No creo que sea una cantidad excesiva. Además, hay un convenio anual entre la Diputación y el Obispado, que haría posible acudir a solventar el problema. El mes que viene se cumplirán 25 años de la muerte de Carlos de la Rica. Sería un bonito recuerdo a su memoria que pudieran recuperarse las pinturas que hizo para su querida iglesia.