Vivir 14 semanas en estado de alarma

Leo Cortijo
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España vivió una situación insólita durante tres meses. Una montaña rusa de sensaciones que fluctúan entre la incertidumbre, el dolor y el miedo, y deja más de 300 fallecidos en Cuenca. Así le contó 'La Tribuna' los días que cambiaron nuestras vidas

Vivir 14 semanas en estado de alarma

El confinamiento, uno de los más estrictos de toda Europa, tiñó de negro y tristeza los meses de marzo y abril mientras se combatía el azote más despiadado de la pandemia. Fueron los días más crueles de la crisis sanitaria más importante con la que ha lidiado la humanidad en su historia reciente. Para muchos, sin duda, los peores días de su vida. La desescalada, término de nuevo cuño con el que acabamos muy familiarizados, fundamentó mayo y junio. La partida al indeseable coronavirus comenzaba a ganarse en los hospitales y en la calle fruto del esfuerzo titánico de todos, y como consecuencia, se relajaron de forma gradual las medidas que restringían la movilidad de la población, con una meta común a la que se conoció como ‘nueva normalidad’.

En total han sido 14 semanas... o 98 días, que todavía pesan más. 2.352 horas en estado de alarma. Una montaña rusa de un sinfín de sensaciones que fluctúan entre la incredulidad de vivir algo así, la esperanza de que todo pasará tarde o temprano, la desesperación y la incertidumbre por no saber qué vendrá después, la pena por la pérdida de miles de vidas humanas, y el miedo. Mucho miedo. Como hacía tiempo que no se sentía...

El Gobierno declara el estado de alarma

14 de marzo. Estalla la pandemia. El Gobierno declara el estado de alarma en todo el territorio durante 15 días con medidas que restringen el movimiento de personas y la actividad económica. Se vacían los colegios, los centros de trabajo, los restaurantes, los comercios... Se vacían las calles, que son tomadas por la Policía y el Ejército. Ciudades sin vida, ciudades fantasma, ciudades en jaque. Ni la ficción más tétrica y pesimista dibuja una realidad así.

Los conquenses, todavía ajenos a lo que está por venir, empiezan a sentir lo que es vivir confinados. Para muchos, el teletrabajo –a marchas forzadas– es la gran solución. El salón de casa se convierte en una oficina improvisada, mientras que los niños son los nuevos compañeros de trabajo. Qué difícil ha sido conciliar vida familiar y laboral entre las mismas cuatro paredes... Entre tanto, garantizados los suministros de alimentación e higiene, el presidente del Colegio de Médicos, Carlos Molina, en una entrevista en La Tribuna, pedía «recursos» a las administraciones y «paciencia y colaboración» a la sociedad porque esto, decía, «va a ser duro». Lo clavó.

Los primeros 15 días del estado de alarma se quedan en moco de pavo. Esto va para largo... El sistema sanitario empieza a desbordarse, no para de llegar gente con los mismos síntomas. Se montan hospitales de campaña y se contrata a sanitarios retirados, licenciados sin plaza y alumnos de último año. Cualquier ayuda es poca. En distinto grado, el colapso es evidente en hospitales, centros de salud y residencias de ancianos. Cuenca registra el 28 de marzo su pico de actividad en el Virgen de la Luz: 191 pacientes hospitalizados por Covid-19. Son los peores momentos.

En esa lucha sin cuartel contra el enemigo invisible, la desinfección se intensifica en dependencias municipales, calles, mobiliario y puntos clave. Policías, bomberos, agentes de Protección Civil y hasta agricultores armados con sus tractores aúnan esfuerzos. Todos a una. Sin discusión. La solidaridad del pueblo español, y del conquense por extensión, plantan cara a la amenaza. Son la resistencia.

Todos ayudan con lo que pueden. Grupos de jóvenes haciendo la compra a aquellas personas mayores que no pueden salir de casa. Los makers, con sus impresoras 3D, se coordinan para hacer viseras protectoras. Lo mismo hacen las personas que saben coser para producir mascarillas y batas. Algunas de ellas son abuelas que vivieron las guerras del siglo XX, y a las que el destino les tenía guardado revivir viejos fantasmas. Qué injusticia.

La curva de fallecidos no deja de aumentar

Durante esos días vivimos ‘pegados’ al recorrido que dibujaba una curva. Mejor dicho: tres curvas. La de contagios, la de fallecidos y la de altas. Las frías estadísticas se empeñaban en transmitir malas noticias y hacer caer en el desánimo durante abril. No había tregua. La nómina de pérdidas cada vez era más notable, algunos de ellos, rostros conocidos de la sociedad conquense. Otros tantos, héroes caídos en combate de ese ejército de batas blancas que arriesgaba su vida para salvar la de los demás. Además del técnico de emergencias Raúl Cardo, de 51 años, cuatro médicos conquenses o que desarrollaban su labor en Cuenca fallecieron a consecuencia del coronavirus. Tres de ellos en activo, en sendos centros de salud: Sara Bravo, de 28 años; José Ramón Izquierdo, de 61; y Julián Cabrera, de 67. Y uno jubilado, Gregorio Gonzalo.

Para llevar en la medida de lo posible esta tragedia en todos los sentidos, se suceden las muestras de ánimo y apoyo entre unos y otros. Desde unas monjas de clausura que aportan sus ideas para llevar el confinamiento, hasta una psicóloga que ofrece su conocimiento para tratar con los niños, que tanto lo sufren, pasando por una nutricionista, un sacerdote youtuber, varios expertos de Cruz Roja... La Tribuna recoge multitud de testimonios.

Como recoge también una de las imágenes más icónicas de la pandemia: el aplauso de las ocho de la tarde. Un símbolo de unión, respeto y admiración, primero hacia los sanitarios, y después hacia todos aquellos que de una forma u otra sumaban su granito de arena para vencer la batalla. Al igual que los arcoíris de esperanza que los niños dibujaban y colgaban en sus ventanas. O los mensajes de apoyo que personas anónimas escribían a los enfermos ingresados en el hospital con el fin de levantar el ánimo de aquel que, repleto de miedos e incógnitas, ve pasar los días en el peor escenario posible sin poder estar con sus familiares. Qué triste ha sido todo. Como que la Cuenca nazarena tuviera que pasar una Semana Santa encerrada en casa. O como esos velatorios sin rostro, sin último adiós, sin abrazos...

A la crisis sanitaria se une, como espejo, la económica

Además de familiarizarse con términos como confinamiento, desescalada o pandemia, la sociedad en su conjunto tuvo que hacer lo propio con unas siglas que despertaban los malos presagios de hace una década: ERTE. Una nueva crisis, distinta eso sí, asomaba a la vuelta de la esquina. Los expediente de regulación temporal de empleo se empezaban a apilar en la mesa de la Administración, las cifras de paro aumentaban exponencialmente, los autónomos y las empresas no paraban de lanzar mensajes de SOS, las colas a las puertas de los bancos de alimentos eran cada vez más numerosas y los principales agentes económicos, como el FMI o el Banco de España, planteaban negros nubarrones para el futuro de la nación. Al Gobierno no le quedó otra que pisar el acelerador y plantear aquello de «a grandes males, grandes remedios», empezando por el Ingreso Mínimo Vital. Todo mientras los ‘halcones’ del norte Europa afilaban sus garras inmisericordes ante lo que se vivía al sur del viejo continente.

Una desescalada por horarios, edades y fases

Con la llegada de mayo y después de mucho sacrificio, la dichosa curva comenzó a dar un respiro. Conforme avanzó el mes, las cifras diarias de contagios se fueron reduciendo, al igual que las de hospitalizados y fallecidos. Antes de que el Gobierno aprobase un plan de desescalada con cuatro fases, distintas velocidades según islas y provincias, y una duración prevista de entre seis y ocho semanas, los primeros en tener permiso para salir a la calle fueron los niños. Después de un mes y medio encerrados en casa y bajo estrictas medidas de seguridad, las calles de Cuenca volvieron a llenarse de sonrisas de oreja a oreja, llenando un vacío que todos echaban de menos.

Primero fueron peluquerías, comercios con cita previa y restaurantes con comida para llevar. Siempre pertrechados con la mascarilla, que ha traído a más de uno de cabeza con la obligatoriedad o no de su uso. Un sainete en toda regla, similar al que se ha vivido de principio a fin con los famosos test. Ni sí ni no, sino todo lo contrario...

Como si de un reality show de televisión se tratara, los conquenses esperaban en cada cambio de fase no ser uno de los nominados para abandonar la casa y poder promocionar así de fase. En este sentido Cuenca siempre fue en cabeza. Como también en los estudios de seroprevalencia. La segunda provincia del país con mayor número de anticuerpos... Así arrancó la fase 1 y la BBC británica vino a grabar cómo los conquenses se reencontraban con sus familiares, tomaban una caña en una terraza del centro o acudían a la misa de las doce.

Cuenca continuaba marcando el paso en el avance de fases. Y para muestra, un botón. Aunque a medio gas, en el mercadillo de los martes se volvía a gritar bien alto aquello de «¡bueno, bonito y barato!». Con las banderas a media asta y crespones negros, se recordaba a las víctimas de la pandemia. El latir de la ciudad cada vez era más evidente. Y eso se notaba en el regreso de la vida política municipal o lo más parecido a ello antes de la pandemia. Así, por ejemplo, el Pleno del Ayuntamiento acordaba la suspensión de las fiestas de San Julián y San Mateo, mientras que Ayuntamiento y Junta presentaban el –esperemos– último proyecto de remontes mecánicos al Casco. Entre tanto, el equipo de Gobierno sufría una remodelación y Cuenca nos Une ganaba peso.

La última fase era la antesala de la ‘nueva normalidad’ en la que ya habita el país. Ahora, con la amenaza constante de los rebrotes por los comportamientos incívicos de algunos, cobran más importancia todavía las palabras del comisario Manuel Laguna. Hasta que llegue la vacuna –algo que todo el mundo espera como el maná–, hay que mantener la guardia alta. «Mientras hay vida, hay esperanza». Palabra de un ejemplo de superación.