A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


La hora de tomar decisiones

Los cronistas antiguos, cuando llegaban estas fechas, solían extraer del cajón donde se almacenan los tópicos, la frase premonitoria de que nos esperaba «un otoño caliente». No importaba cual pudiera ser el motivo, pero siempre se daba por supuesto que, con la terminación de la época veraniega (símbolo de sosiego, vacaciones, molicie placentera) y el retorno de la actividad cotidiana, marcada especialmente por el inicio del curso académico, quedaban abiertas las puertas para que por ellas pasaran todos los conflictos imaginables. Algo de eso se está cociendo, desde luego, como está en la mente de todos (nuevas elecciones, Brexit, sentencia del proceso independentista) pero ya no es privativo del otoño que se nos acaba de colar entre los intersticios que han dejado incendios e inundaciones, listeria incluida. El verano ha sido suficientemente movido, entre estas últimas cosas citadas y la cansina actividad política, que va a conseguir aburrir hasta a los más entusiastas, como para que no se aprecie en exceso la transición de un periodo a otro. Incluso el clima parece ayudar a que todo parezca igual.
Pero aquí, en esta columna doméstica y provinciana, se dirige la mirada (y las palabras) hacia cuestiones más inmediatas, las que se encuentran perfiladas en el horizonte próximo. Han pasado, me parece, los cien días que otorgaba la elegancia antigua a los recién llegados, cortesía ya olvidada, porque ahora la pelea empieza al día siguiente de la toma de posesión, sin dar margen alguno al respiro, pero está claro que llega el tiempo de tomar decisiones y afrontar el largo repertorio de cuestiones aparcadas, algunas desde hace mucho tiempo y necesitadas de que bajen del nivel donde se mueven las especulaciones teóricas al terreno de la práctica visible. La tranquila, casi adormilada, vida de los conquenses, necesita de un buen revulsivo que venga a alterar tanta monotonía. Un buen alboroto, una encendida polémica, un impacto noticiable, son excelentes antídotos contra el aburrimiento.
En estos casos, como es natural, cada uno de nosotros tendrá sus preferencias. Los hay que consideran asunto prioritario acometer de manera decidida el problema de los accesos al casco antiguo mientras otros quisieran ver el famoso boulevard que debería comunicar en línea recta el centro urbano con la estación del AVE; no faltan los que esperan una solución para El Bosque de Acero y tampoco los que imaginan una ciudad libre de esos antiestéticos e inútiles obstáculos que son los indicadores turísticos, que no informan de nada y los postes reloj-termómetros, que no marcan las horas ni dan la temperatura. Hay, desde luego, mucha tela que cortar.
El repertorio es largo pero hay un tema inmediato, al alcance de la mano. Este fin de semana llega a su término la exposición antológica dedicada a Cruz Novillo y con ello queda libre la Casa Zavala. Ocuparla con este pretexto fue el argumento utilizado por la anterior corporación para impedir la llegada a Cuenca de la Colección Roberto Polo. Fue un acto artero e innoble utilizar el respetado nombre de un artista singular, como Cruz Novillo, para ejecutar una maniobra política de tan baja estofa. Ese triste episodio termina. Llega el momento de que el Ayuntamiento recupere el pleno dominio de la Casa Zavala; que, como en las habitaciones de los hoteles después de cada ocupación, la desinfecte de parásitos y la ponga en condiciones para que la Junta de Comunidades cumpla el propósito de traer la famosa colección de arte, mientras deshoja la margarita para decidir el lugar de la ubicación definitiva. Cosa que, dicho de paso, también debería dilucidar de una vez por todas el gobierno regional.