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Una mano amiga

Leo Cortijo
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Evaristo es el primer rostro con el que se encuentran los que acuden a Cáritas en busca de ayuda... La misma que él necesitó hace diez años cuando llegó desde tierras gallegas.

Una mano amiga - Foto: Reyes Martínez

Desembarcó en Cuenca desde tierras gallegas hace una década «pidiendo ayuda». Por aquel entonces, Evaristo, que trabajaba como temporero en las campañas agrícolas de la zona, se vio sin un empleo con el que ganarse la vida. Decidió hacer las maletas e invertir su propia suerte. Puso tierra de por medio –casi 800 kilómetros– y llegó hasta la ciudad de las Casas Colgadas en busca de la oportunidad que en su natal Ponteareas se le negaba. Los recursos en su zurrón eran «pocos» y tuvo que recurrir a esa mano amiga. La misma que ahora él tiende a todo aquel que entra por la puerta de Cáritas. Y es que Evaristo es el primer rostro con el que se encuentran los que acuden a la entidad diocesana en busca de ayuda. «Me recibieron, surgió la plaza de recepcionista, les gustó mi manera de ser y aquí me quedé hasta hoy», comenta orgulloso.

En Cuenca está «encantado» porque es una ciudad «muy tranquila y hospitalaria», además de que la gente es, «entre comillas», recalca, normal, «que eso es algo muy raro a día de hoy». Este pontevedrés con medio corazoncito conquense está en su salsa. En Cáritas hace «prácticamente de todo», y es que al llevar tanto tiempo en la institución, «me conozco hasta el último rincón de la casa». Por resumir su lista de tareas, Evaristo es el encargado de atender el teléfono y a todo el que cruza la puerta.  Muchas personas lo hacen para ofrecer sus donaciones, principalmente de ropa o alimentos, pero también hay unos cuantos –tristemente no son pocos– que lo que necesitan es que alguien les lance un salvavidas porque el agua ya les llega al cuello.

«Siempre trato de ponerme en su lugar», explica como punto de partida de cualquier servicio. A continuación, les deriva a uno de los muchos recursos que presta Cáritas según las necesidades que presente la persona. Por eso muchas veces se le cae el alma al suelo con las historias con las que se topa. «Hay gente que no tiene ni para darle leche al niño», apunta. En esos momentos es difícil contener el llanto, aunque él aguanta como un cosaco sacando fuerzas de donde no las hay porque «si tú lloras, la otra persona llora más». Se trata de hacerse el fuerte y mostrar entereza «aunque no se pueda».

Lo mejor de todo es que en este admirable y loable camino llamado solidaridad, ni Evaristo ni Cáritas están solos. Cuentan con muchos conquenses dispuestos a arrimar el hombro. «La gente se vuelca», recalca con una sonrisa en el rostro, y es que «al cabo del día recibo muchísimas llamadas de personas que quieren hacer donaciones de todo tipo». La situación derivada de la pandemia, el difícil contexto económico que nos ha tocado vivir y, sobre todo, la invasión de Ucrania a manos del tirano Putin ha sensibilizado mucho a la sociedad, que entiende y empatiza con lo que infinidad de personas pueden estar viviendo. Muchos de ellos, niños.

Ayudar. Hacer algo de manera desinteresada para otra persona por aliviarle el trabajo, para que consiga un determinado fin, para paliar o evitar una situación de aprieto o riesgo que le pueda afectar. Ese verbo de enorme significado es lo que hace grande el espíritu de Evaristo. Él –dice– se va contento a la cama cuando una persona que ha entrado por la puerta de Cáritas en busca de ayuda, sale con su necesidad satisfecha. «Ahí se me hincha el pecho», remata.