EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La sonrisa de los niños

28/09/2020

Por un momento, al ver las plazas llenas de niños con sus carteras y el atasco de los coches en la puerta de los colegios, he tenido la sensación de que la vida no se había parado hace unos meses, cuando un chaparrón de sombras víricas nos abordó por dentro. La mañana era de un otoño vestido con el hálito del verdor de la vida, como si después de agosto no viniera septiembre, el mes que despierta los estornudos y el amanecer nublado y frío. Los gritos de los niños llenaban con una intensa chispa de vida la plaza. Iban todos con su mascarilla, sin quejarse, sin agobios. Me he dado cuenta de que poseen más capacidad de adaptación que los mayores. No piensan, aceptan y luego sonríen. Siguen su camino de asombro por todo, su amor al instante.
Me senté en un velador a mirarlos, y también para poder quitarme la insoportable mascarilla, y me puse a pensar en lo que sentirían por dentro al observar que situaciones que solo habían visto en filmes de ciencia ficción, navegan por la vida como la pura realidad. ¿Quizá ellos, con ese poder de la imaginación que les envuelve, sienten que están en una película y que todo esto es un juego? He preguntado a algunos de estos niños y he obtenido las respuestas más inesperadas. «Cogeré una espada y venceré al virus montado en mi caballo», me dijo uno dando sablazos al aire con sus manos. «Cuando se caiga al suelo salto sobre él», me dijo otro maltratando los muelles del sofá. 
Menos mal que los más pequeños nos han rescatado de esa negrura diaria, el dolor acumulado en meses de incertidumbre. Menos mal que un murmullo de vida infantil llena las mañanas, que vuelven esos atascos en los umbrales de los colegios, que el viento huele a caramelos y regaliz y un chaparrón de sonrisas ha caído sobre las calles vacías.
Cuando los niños, con sus padres, se fueron a casa, quedó una especie de aridez silenciosa en el asfalto. La ciudad recobró su vestido de ausencia, ese camisón de sombras que espera el atardecer para oscurecer algo más que el cielo. Los eché de menos. Terminé el Vichy Catalán con hielo y limón que me estaba tomando, me levanté, me puse la mascarilla y me fui a casa. 
Embozado vi el colegio vacío. Quise pensar en que sus ladrillos estaban felices por volver a oír el trajín de cientos de piernas trotando por las escaleras. Yo estaba feliz porque dentro de la terrible pandemia, que no sirve para que los responsables públicos dejen de tirarse los trastos a la cabeza, la sonrisa de los niños suena como la lluvia sobre la polvorienta tierra de una época de sequía.