Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Juguetes rotos

El afecto en unos zapatos nuevos. Es lo que encuentra una niña de trece años que acaba en manos de algún depredador sexual después de una escapada del centro de menores. Un refresco, una acaricia, un paquete de tabaco o un teléfono móvil son suficiente para caer en las garras de quien sabe que nadie se preocupará por ella. Y si lo hacen, es para devolverla a ese lugar donde la han convencido de que nadie le quiere. Volverá a escapar y caerá en esa red de prostitución infantil tan normalizada como ocultada en Mallorca. Juguetes rotos y abandonados.

Hay niños-soldado obligados a torturar y matar en el Congo, niñas 'kamlari' compradas por veinte euros, esclavas para servir en una familia adinerada de Nepal, adolescentes prostituidas  en Centroamérica para eso que llaman turismo sexual. Y hay niñas, tuteladas por la administración, víctimas de explotación sexual infantil en España. Sí, en Mallorca. Otro paraíso del turismo español.  

Debería conmovernos e indignarnos que haya menores que busquen o encuentren el afecto de proxenetas o depredadores sexuales, ante el abandono familiar e institucional. Se escapan del centro, un lugar al que llegaron arrebatados del seno familiar porque allí no eran bien atendidos, o rescatados de las calles expuestas a la soledad y el peligro. Entonces el Estado se hace cargo, debe velar por el interés mayor del menor, eso dice la ley, pero acaban escapando de estos centros. Presos del desamparo y sin nada que perder porque nunca ganaron nada. Se escapan de la rutina, el desafecto, la frialdad de una institución por familia y la absoluta ausencia de motivación en el futuro. Y al horror de esta violación de derechos humanos a estas niñas, se suma la increíble e inexplicable actuación del gobierno en las Islas Baleares. Hay más que sospechas de que en el mejor de los casos, se está tratando este tema con demasiada cautela y extraño silencio. Y se teme que sea para no tener que admitir este abandono y crueldad de la que el propio gobierno, en última instancia, sería responsable.

No hay nada más estremecedor que mirar a los ojos de un niño tutelado. Es una mirada que nunca buscarías, te devuelve a una realidad incómoda. Porque nos hemos vuelto ciegos ante las realidades incómodas. Yo lo hice y solo cuando miras a los ojos de una vida realmente jodida, te das cuenta de hasta dónde puede llegar el abandono del afecto. Los ojos de J. están atentos, muy atentos, vigilantes, intranquilos. Es como si no pudiera bajar la guardia porque hay una amenaza constante. A veces parece una mirada de auxilio, otras de recelo. Tantas miradas habrán escrutado, desnudado su intimidad, sus sentimientos, sus miedos y sus sueños en una vida institucionalizada. Y luego la impotencia. No puede haber promesas. Está buscando un lugar. Está buscando un hogar. ¿Tú me vas a ayudar? Los menores son objetos en manos de adultos, como estorbos. Y ellos se saben estorbo. La indiferencia y ceguera social es tal, que solo cuando das de bruces con esa mirada tan triste y tan sedienta de amor, puedes darte cuenta de la necesidad de conmoverte y rebelarte ante esta realidad. Los medios de comunicación, esos que han tardado tanto en sacar a la luz estos hechos, deberían afanarse por dar a conocer a todos esos niños y niñas que algún día sufrieron abandono y falta de afecto y pudieron salir adelante y superarlo. Y a esos buenos profesionales que contribuyeron a ello. Para que creamos que hay esperanza, que hay amor. Para creer que habrá un Estado que protegerá a los niños y niñas que valen menos que unos zapatos nuevos.



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