Pasado y Presente

J. Monreal
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Miguel Ángel Valero

Pasado y Presente

La pasión por la arqueología es una constante en la vida de Miguel Ángel. Siempre tuvo claro que su vida giraría en torno al pasado, a analizar restos del ayer y tratar de conocer más y mejor nuestra historia. Descubrir el legado de nuestros mayores.
«De niño, salía al campo y  pasaba horas y horas buscando restos. Una vez hallados me asaltaban miles de preguntas que poco a poco fueron teniendo respuestas en los libros», dice el arqueólogo conquense.
 La imagen del profesor que trabaja en los yacimientos nada tiene que ver con  el perfil del profesional de la arqueología moderna, «salvo que trabajamos con las mismas herramientas: paleta, cepillo y en ocasiones una piqueta», dice Miguel Ángel, tal vez refiriéndose a las extraordinaria excavación de una villa romana descubierta en Noheda, de la que él es el máximo responsable.
 Hay que ir rompiendo estereotipos sobre nuestra profesión, ya que en los tiempos modernos la mayor parte de nuestro trabajo lo hacemos en laboratorios y el resto en los yacimientos. Descubrir es sólo el primer paso porque lo importante es el análisis, el estudio detallado de cada una de las piezas que vamos encontrando».
Habla con entusiasmo y verdadera pasión de los últimos hallazgos en la famosa villa romana, aunque se lamenta del expolio «que durante años se ha hecho en un país tan rico en vestigios del pasado como es el nuestro. El riesgo de expolio siempre existe, pero para eso están las medidas de seguridad que se toman y que, afortunadamente dan los resultados que se pretende».
 La misión del arqueólogo, según Miguel Ángel, «ni empieza ni termina en el yacimiento. El profesional de arqueología es el encargado de analizar las culturas del pasado, buscando un aprovechamiento para el presente», añade Valero Tévar.
 Un claro ejemplo es la villa de Noheda, en la que se está descubriendo una época del Imperio Romano en pleno cambio y decadencia, en la que se produjeron inmigraciones masivas (como sucede en la actualidad).
«Un hallazgo de este tipo es, en cierto modo, un libro abierto cuyas páginas hay que saber interpretar sin dejar nada por leer», apunta el arqueólogo. Asegura que «ante un hallazgo de esta magnitud, el profesional se debate entre dos sentimientos: la emoción y el sentido práctico. Al final predomina el sentido común, la faceta científica y queda a un lado la emoción y la euforia  del primer momento ante la belleza del descubrimiento».
 Miguel Ángel anda de un lado a otro, atendiendo múltiples actividades. De Noheda a Cuenca y vuelta a empezar. De la UNED al Ayuntamiento y de reunión en reunión con otros profesionales o asistiendo a las comisiones informativas.
 «Hay que estar a gusto en cada momento haciendo lo que corresponde», señala Valero, mientras repasa su apretada agenda diaria «dejando algún hueco libre para disfrutar de la vida, que todo no va a ser trabajo».
Una labor paciente, la del arqueólogo que, al contrario que el historiador (que desentraña el pasado leyendo  textos de ayer), «nosotros  debemos ser cuidadosos porque cada resto es como una hoja de un libro que se arranca y ya no hay posibilidad de volverla a leer. Esa es una de las mayores responsabilidades que tenemos los  arqueólogos profesionales».
  Miguel Ángel hace un pequeño alto en nuestra charla y vuelve a incidir en la gran importancia del yacimiento romano de Noheda, «de gran magnitud, como puedan ser los grandes nombres que todos conocemos».
Tiempo y paciencia.
 «Desenterrar el pasado y darlo a conocer, pero con un objetivo claro: poner en valor nuestro patrimonio cultural para que sirva de motor de desarrollo para un turismo cultural sostenible», concluye Miguel Ángel Valero.