LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Guarretes

02/03/2021

Guarretes/guarretas/guarretos, si fuere menester el lenguaje inclusivo. Llevo esperando semanas para poder tratar un tema un poco más ligero, y no lo hago porque no paran las desgracias, las muertes, los contagios, los desempleos y el crecimiento de la desesperanza. Pero sucede que por más que aguardo, esto va a peor y no tiene visos de mejorar, así que aquí va mi denuncia, sobre un hecho que, por añadidura, es más sorprendente que suceda en tiempo de pandemia.
Ojalá nadie de ustedes se dé por aludido y, si así fuera, piensen que esta reflexión está basada en un servicio público de salubridad. Verán, creo que hay mucha gente guarra. Durante el siglo XX nos civilizamos y comenzamos a lavarnos las manos. Incluso la cara, las orejas, y con el tiempo distintos recovecos del cuerpo humano, como los dedos de los pies o los sobacos. Les ruego que se queden por un momento haciéndose el despistado en la antesala de los lavabos de cualquier centro comercial, y cuenten las personas, de cualquier sexo y condición social aparente, que se lava las manos (no digamos ya, bien y a conciencia), después de haber obrado cualquier tipo de aguas y detritus fecales.
Yo pensé que no era posible que hubiera tanto guarro como cuando los contaba antes de la Covid en el Carrefour de mi ciudad, pero es que en plena desescalada de la pandemia y en una conocida galería de la calle Serrano de Madrid, donde un gran sofá permitía aguardar con los críos, comprobé durante quince minutos que, entre más de veinte usuarios, solo tres se enjabonaban. Había de todo (en apariencia): pijas, voxquimanos, podemitas, guais, derechita cobarde, chonis… Ni siquiera con unos cartelones sobre el lavado de manos que han inundado España, ni con el consiguiente riesgo de autocontagio, el personal se para a quitarse la mugre. Luego la culpa es de los bares y de los botellones.
La gente mayor, oiga, es que ni uno/una de los que pasaron. Pensando aún en que no me atrevería nunca a escribir estas líneas, a la salida de ese centro comercial y con varios semáforos rojos consecutivos dirección sur hasta tomar la salida de la M-30, cambié de opinión, al contar diez o doce conductores/as hurgándose la nariz en busca de mocos (no puedo narrar si encontraron algo porque no retenía mucho la vista, supongo que sí por el afán). También de todo perfil, como en los váteres, desde una señora en un Lada Niva, a un caballero de sienes plateadas en un Q7, vi sujetos con y sin mascarilla, solos o acompañados, ignorando por completo la recomendación de no manosearse las vías respiratorias cuando estás fuera de casa por incremento de riesgo comprobado.
Si están esperando que concluya como habitualmente, con una moralina adoctrinante derivada de este comportamiento (nada aislado), que luego justifique su like en las redes sociales, se equivocan: la única verdad cruda es que hay mucha gente muy guarra, y la repercusión sociopolítica de eso es escasa, pues son ellos los principales candidatos a pillar el Covid y toda suerte de gérmenes. La semana próxima retornaremos a la alta política.