Maestro del papel

Jonatan López
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Segundo Santos expone por primera vez una muestra que reúne las ediciones artesanales fabricadas en su taller, repasa la historia del papel fabricado en Cuenca y comparte su particular visión sobre el futuro del formato

Maestro del papel

No hay mejor dedicación o trabajo que el que se hace por afición, proporciona placer y llena el alma. No hay mejor recompensa para un artesano que seguir colocándose el mandil y hacer lo que le gusta, y lo que ha venido haciendo día tras día durante mucho años. Así es para Segundo Santos, maestro papelero que desde hace 43 años puede presumir de haber pasado toda una vida entre papeles. Y no es que se haya dedicado a leerlos, a apilarlos, a escribirlos, que también, si no que los ha fabricado con sus propias manos.
Precisamente, es en estos días cuando se ha inaugurado la exposición El papel de los Libros en la Sala Acua del Campus de Cuenca, que muestra por primera vez una larga colección de los trabajos que, cuidadosamente, elaboró Santos a lo largo de todo este tiempo.
A pesar de haberse jubilado, mantiene la visita casi diaria a su taller y no rehuye realizar algún encargo que otro. ¿De dónde viene su afición por fabricar papel? «Esa pregunta me ha la cuestionado mucha gente y nunca he sido capaz de responderla. No hay una razón concreta. Aprendí sólo con un libro americano, Cómo hacer papel en la cocina de casa, que me prestó Fernando Zóbel», responde el artesano, que explica que tuvo taller en la calle de La Moneda (existe un documental del No-Do de 1979 que lo atestigua), en la Sala Alta, en El Cerro de la Horca, y con el cambio del milenio se mudó al obrador de la calle Caballeros, bajo la iglesia de San Felipe Neri. Allí se ha ganado la vida fabricando papel, a partir de la celulosa de plantas como el algodón, el lino «o el esparto, que es menos abundante». 
Maestro del papelMaestro del papelmolinos de papel. A propósito de la recién inaugurada exposición, el oriundo de Las Pedroñeras establece la estrecha relación del papel con la Cuenca de los siglos XV y XVI, que no solo fue conocida por su rica industria textil y sus telares. 
La ciudad, entre otras razones, también era famosa por el papel que fabricaban sus artesanos, aprovechando las limpias y puras aguas del Huécar. Así lo cuenta el obrador, que relata que desde finales del siglo XV hasta bien entrado el XIX se fabricaron láminas con sello propio. «Es curioso que no han dejado más que un nombre: Molinos de Papel. Solo queda la conducción de un molino de agua y una casa que se llama El Mirador y que probablemente era el secadero. Poco más».
La pedanía de Palomera «tenía agua, abundante y buena. Estaba alejada del núcleo urbano y al mismo tiempo cerca para venderla en la capital». En el municipio, prosigue, «pasaron muchas cosas. En el siglo XVIII hubo una crisis del papel en España, como consecuencia de la expulsión definitiva de los judíos y los moros. Los primeros lo fabricaban y los segundos lo comercializaban. Hay que tener en cuenta que España tenía que proporcionarlo a todas sus colonias y, como siempre, acabamos por hacer ricos a los genoveses, a los holandeses y a los franceses».
Puede ser que, por esta razón, dos maestros de Génova «vinieron a Palomera y se instalaron. Tuvieron un problema con la mesta –poderosa organización de ganaderos que se abolió en el siglo XIX–, pero se quejaron al rey y lograron que se les protegiera. Fue entonces cuando se hizo el mejor papel fino de toda España», narra.
De la historia del papel conquense revela que cada fabricante disponía de una marca de agua o sello particular que identificaba su procedencia. Precisamente, Santos ha querido recuperar el diseño original que los historiadores, caso de Oriol Valls Subirá, sacaron a la luz en 1978. Esta marca de agua simula el cáliz con la estrella de seis puntas, el escudo de Cuenca. 
La industria papelera continuará, «sin evolucionar, hasta que acabe muriendo, como todo lo que suele pasar en Cuenca».
El futuro del papel. ¿Tiene las horas contadas? «Eso se dice, pero yo digo que todos los soportes que se han utilizado para la escritura siguen hoy vigentes. En el barro, el metal, el cuero, la madera o el pergamino se sigue escribiendo. Con carácter ceremonial, pero se escribe», reflexiona el maestro papelero, que menciona que la denominación de la exposición,«es un título polisémico intencionadamente. Una cosa es el papel con el que se hace el libro y otro el que desempeña. Eso va a ser difícil de desbancar. Hay un dicho que dice que el papel solo lo destruye el agua, el fuego y el hombre, y si está bien hecho aguanta lo que sea», apostilla.
Considera que el papel «siempre ha sido caro. En mi casa era una cosa poco menos que sagrada, hasta que llegaron las generaciones en las que todo era abundante» y observa, paradójicamente, que «los chinos inventaron el papel moneda y, ahora mismo, lo que menos se usa en el país asiático son los billetes. ¡Pagan con el móvil!».
¿Alguien cogerá las riendas del papel artesano fabricado en Cuenca? «Hay gente que quiere hacer papel, otra cosa es meterse en el follón de saber utilizarlo. Hace un tiempo descubrí que hacerlo estaba bien, pero era mejor usarlo. Fue cuando fabrique lámparas, cuadernos y  libros, que es a lo que me he dedicado en los últimos años». 
Ediciones de regalo para coleccionistas y bibliófilos que se manufacturaron en el taller y que tenían y tienen una marca muy identificativa: tonos de vivos colores para las guardas y fibras vegetales y plantas en las tapas, –algunas de ellas marinas como la posidonia, tropicales como el yute, de zonas semiáridas caso del sisal, o el autóctono esparto–. Publicaciones e impresiones encuadernadas con mimo para famosos escritores y autores como Ángel González –cuyo último libro de poemas editó Santos– Luis García Montero, Clara Janés, Jenaro Taléns, Santiago Gómez Valverde, Olvido García Valdés, o Cabrera Infantes, entre muchos otros. Obras limitadas que se muestran en la exposición, de la que dice que ya ha suscitado el interés de otras universidades y organismos. 
Sostiene en sus trabajadas manos una de las cuidadas ediciones que hizo, «motu proprio», de poemas de San Juan de la Cruz y avanza, con la misma ilusión de su primera edición, que ahora está colaborando con «un poeta griego llamado  Sarantis Antiochos».