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Las 'tres P' como turba que sintió el paso del tiempo

Miguel Romero
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Seis portadores de tambor a cara descubierta y otros tantos de clarín conformaban aquella primera Turba en los 50, entre tres familias de carácter humilde que hicieron el papel que la Biblia decantaba: Patacos, Pantaleones y Planchas

Una imagen de archivo de la turba durante una procesión ‘Camino del Calvario’ en los años 80 - Foto: M.R.

Tal vez, sin que nadie nos haga valer la memoria –la que se debilita con el paso de los años– convendría recordar los primeros tiempos, en los que la tradición de la Turba formase parte del relicario nazareno.

Remontarnos a un tiempo concreto es el riesgo del atrevido y no por ello del que acierta en su mediatez, es más bien un riesgo a evitar si así consideras ser fiel a cuanto todos afrontamos con honestidad. El Jesús Nazareno de la procesión Camino del Calvario afrontó, al igual que cada una de las imágenes y cofradías conquenses, un nuevo tiempo después de aquella desgraciada guerra de 1936-39, y cierto es, que la imagen realizada por el escultor valenciano Tomás Marqués Amat en 1940 para la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Puente inició un camino en la primera de las procesiones de postguerra como relicario de una ilusión en la que toda Cuenca quería volcarse. Ahora, duerme en la parroquia de Cañete.

No había turba porque no existía nada que reseñase en ese caminar, solo sentimientos de unos nazarenos que portaban –los doce que allí quedaron reflejados– la imagen de su Jesús, la que volvería a provocar las sensaciones de una devoción incalculable. Por eso, cuando la venerable Hermandad de Jesús Nazareno, la que cariñosamente llamamos del Salvador, decidiese encargar su imagen al gran Luis Marco Pérez todo fluiría dentro de la Pasión en la que Cuenca se involucraba nuevamente. Aún así, seguía sin haber Turba comprometida.

Miguel Romero, como turbo de honor, dio el toque en la puerta de la iglesia de El SalvadorMiguel Romero, como turbo de honor, dio el toque en la puerta de la iglesia de El Salvador - Foto: M.R.

El escultor de Fuentelespino de Moya realizó con paciencia y brillantez una bellísima imagen tallada en madera, de un solo ambón que va dando vida a un torso dolorido, con túnica, sin dejar de lado el curioso sistema de espigado y ensamblaje de partes que van conformando el cuerpo en un alarde de maestría de buen ebanista mientras ese instinto creativo espera su gubia de escultor de dioses.

Marco Pérez hizo una maravillosa obra de arte y todos los nazarenos del Jesús sienten ese privilegio de pocos. Así se volvía a rememorar el sentimiento nazareno después de unos terribles años de lucha injusta e inhumana, una guerra entre hermanos que había dejado heridas eternas y que necesitaría demasiado tiempo para curar.

Pero faltaba algo. Y fue cuando la propia Hermandad del Jesús consideró que un grupo de doce personas acompañasen en ese Calvario a la imagen para santificar el momento histórico. Ese vilipendio, ultraje y ensañamiento que Jesús tuvo que sufrir ante los judíos y fariseos, en ese deambular que la historia sagrada nos cita y para ello qué mejor que un grupo de conquenses, doce en este caso, acompañaran a la procesión haciendo su papel teatralizado de plebe castigadora al Hijo de Dios en su camino hacia el Calvario, hacia la muerte. Seis portadores de tambor a cara descubierta y seis portadores de clarín conformaban aquella primera Turba en la década de los años cincuenta, doce entre tres familias de carácter muy humilde, las que percibiendo 25 pesetas por su participación, hicieran el papel que la Biblia decantaba: los Patacos, los Pantaleones y los Planchas daban vida a esas ‘tres P” cuya herencia mantiene el calendario sagrado desde entonces.

Mucho hemos andando, a veces a traspiés, y entre sábanas de tragedia, desorden y desconcierto, han purgado sus pecados muchos de esos turbos que, sin el sentido de su valor sentimental, han rasgado la túnica del pretorio para provocar dudas en aquellas décadas de los 80 y 90; los tiempos difíciles han dado paso, gracias a la conciencia de grupos directivos de alto valor de gestión, a una nueva etapa que auspicia futuro esperanzador para que la Turba haga el digno papel al que está destinada, sirviendo de adecuado caminar hacia un turismo religioso de devota compostura y de respeto hacia sus imágenes, hacia su valor intrínseco de una Semana de Pasión que define al pueblo católico conquense. 

Y cuando canto o escribo sobre esta tradición, que se envilece ante el Mito o el Rito, me siento bien, pero también me asaltan los recuerdos, muchos contados y otros vividos, de esos Turbos de Historia, gente de arraigado conquensismo, los mismos, que han seguido dando vida al intimismo de una procesión –ahora internacional– fiel a su creencia y a un pasado vivido de alta trascendencia sentimental. Por eso, me viene esa vena creativa que hace del relato una narración popular con anécdotas, recorridos de populismo, amistades y reencuentros. Mis evocaciones son constantes y vuelvo a leer los artículos de mis grandes maestros, Federico Muelas, César González Ruano, Domínguez Millán, Martínez Kleiser, Luís Calvo Cortijo y mi añorado José Luís Lucas Alerón.

La noche se echa encima. Acaba la procesión de Paz y Caridad. Termina el Jueves Santo y la luna de Cuenca empieza a asomar por el mismo lugar de las piedras de aquella hoz y mientras eso sucede, algunos vamos buscando el regocijo de una cerveza, siguiendo camino hacia la Calle del Agua o, si cabe, hacia la concurrida Sanfran. De una u otra manera, suenan las doce y vamos camino del Coto de San Juan para concelebrar cena de amistad: allí, turbos del San Juan, hermanos del Jesús y algunos del Huerto concentramos la energía estrechándonos en un abrazo y entre todos, provocamos el sentimiento gastronómico para tener nuestro estómago preparado para el largo camino.

Y cuando se echa la noche encima, tocando a la madrugada, es la hora de vestir la túnica nazarena y mientras algunos se colocan, como antaño, el capuz al estilo del Sanedrín, otros colocamos nuestra funda de capuz sobre el cuello y comprobamos la textura destemplada del tambor. Se encintan fajines, blancos, morados o rojos, algún cordón amarillo, grapamos en el lateral de la manga el brazalete que testifica nuestro clamor de socio y ascendemos, cual desfile desacompasado, hacia el Salvador, no sin antes parar en cada mesón, bar o taberna de esa puerta de Valencia, histórica y señera.

Es, entonces, cuando alguien se acerca y nos recuerda aquellos turbos históricos que forman generación intermedia y que son nuestro ejemplo y el de los turbos de la generación de los 80 y 90 ya apenas quedan algunos, tal vez el Fochi, Patiño, Adolfo Carrillo y algún Charfolet despistado te saludan, porque el doctor Infierno –viene un año sí y otro no–.

Pero en nuestra mente se concentran recuerdos constantes: la parentela de los Planchas se aviva y Pepín y Antonio resisten; Los Pelusa, algunos, aparecen por ser mucha caterva de hermanos, ahora hijos y nietos; Carraleros o algún Velasco, atrás quedaron aunque su estela continúe.

A mi mente vienen Centella y Biribi, quedan algunos de la saga de los Patacos, el mismo que sigue llevando el pañuelo a lo Cirineo –empeñándose en tocar año tras año la aldaba de la Pasión– y recuerdo a Eusebio el Sustos, algún Pantaleón, Cachiris, Pimenteros e Iniestas. Fieles a la tradición, su estela seguirá siempre.

La cuesta se enrosca y aunque parece suave, se hace demasiado elevada, tal vez porque el cuerpo lleva algo de carga, entre la cena tardía y algún que otro resoli, mientras algún tambor destemplado suena –y no debería- o algún clarín pretende disipar dudas de su boquilla.

Pero es, en la Moneda, ahora con Riky como gerente donde cruzamos recuerdos y bromas. Víctor, Vitejo, el Moro, Fede –a veces Juanpe saluda– y un servidor mientras entonamos un mea culpa como año pasional y no de pasión, sintiendo que debe seguir entrando el resoli sin más. Ya queda poco. 

Pero resuenan y resuenan ecos de antaño mezclados con los de ahora y me siento bien, especialmente bien. Los Pinós, Antonio Loterías, César, Benitez, Zomeños, Lozanos, Matoques, y ahora, los Carlos, Aurelio, Jesús, Luis el peluquero y un poco más arriba, Garrote, Javieres, Muñones, Teberos, Marragolpes, Alvaritos, Muñoces.

Un sinfín, antes de empezar y luego más. Pero recordamos como aquellos años con Josemari Muro preparando a los niños –alumnos muchos ahora aventajados–, los Pardos, con César y Fino, Lalo Carrillo, recordando al Gordo Chule, o Luis y Tino Rodríguez, el Pedagogo que resiste, Torallas o Fernando Alegría reavivando su espíritu, después de haber estado en su hocino de la Soledad, atendiendo a su gran danés.

Toda la Turba espera la hora señalada; todos mantenemos el pálpito de nuestro corazón por ver al Jesús, por iniciar Calvario. Son momentos indescriptibles, universales, maravillosos, solemnes, intensos.

A punto de abrirse el portón del Salvador, esa maravillosa obra de Miguel Zapata que un día me permitió hacer sonar su aldaba como Turbo de Honor, y que abrirá cuando todo esté preparado y en hora, parece clamar ante el silencio de la noche. Dentro, un murmullo sagrado. Aún recuerdo una anécdota –contada por los antiguos– en la que algunos turbos bien se colaron por la Esperancilla para hacer sonar el clarín sin razón ni remedio mientras cantaban los hermanos el Miserere, siendo endemoniados por ello. Tal vez algunos de sus protagonistas bien lo recuerden: Requena, Carretero y Velasco. Allí y con tremenda seriedad y respeto, cuidaba de su orden, silencio y meditación el bueno de Fernando Muñoz, Zapatones. 

Tal vez eran tiempos de poco escarnio y mucha veleidad, pero los recuerdos ante la sensación de revivir escenas de conquensismo siempre la dieron gentes de postín y de gran arraigo popular. Velasco, junto a Hilario y Félix Torrecillas aporreaban la puerta mientras Antonio Melero la abría sin olvidar que a bien tenía por decir que «haría una cruz de madera para aporrearles la cabeza a esos turbos de poca razón clerical». Aquellos ‘gastos del Jesús’ en el Almudí con tajás de bacalao y vaso de vino, resbalando su suelo por discurrir grandes manchas de resoli y trozos de dulces pastas. O aquel realizado en el Cerrillo de San Roque –corralón de la fábrica de harinas de Doroteo– donde bien se perdiese el Aguilar al caer sin remedio en aquel foso de serrín, sin que nadie advirtiera su ausencia. Las turbas son tradición, leyenda, recuerdos, anécdotas y pasión con sentimiento.

Nazareno y Simón el Cirineo. Los tiempos pasan pero no hay perdón para el Misterio. Ahora, igual que antaño, cuando llega esa noche del Jueves Santo, todo está a punto de iniciar ese Camino del Calvario con el Nazareno y Simón el Cirineo. A su esperada hora en que la madrugada rompe, se abre el portón, la luz aparece, en medio de la penumbra, la imagen imperecedera de nuestro Jesús del Salvador, Nazareno de Marco, Cristo del despertar.

Sale de su trono –dorado en profunda brillantez–, cobijado bajo esas magníficas pinturas de Víctor de la Vega. Ya, en andas y dispuesto a sufrir el Calvario, espera. Mientras, afuera, el griterío rasga el silencio, se rompe la mañana y un sonido estremecedor hace del tambor el escarnio de la ciudad, abierta en sus cuatro costados. Todo un ritual espectacular, bello, intenso, propio, singular, honesto y brillante.

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! 

¡A la que mueva, clariná!

Decía Lucas Aledón que «... el estruendoso barritar es impresionante, colérico e irascible. Comienza el mito telúrico en el loco amanecer asaltado por miles de clamores y alboroto de gritos.

Algarabía anárquica que colma el alirón de la mañana en la Plaza Mayor y luego hacia abajo, hacia los Oblatos, hacia el Miserere.

¡Silencio, dice la turba, silencio!

Silencio incomprensible, extraño y desconcertante. Silencio de miles y miles de turbos ante el ¡Miserere Mei Deo! ¡Misericordiam Tuam…!

Silencio que nadie ordena y que se cumple, que lo exige la liturgia cimentada y endémica, larvada en la raíz religiosa».

Bellas son las palabras de un turbo ilustre, de un hombre de Cuenca y con ellas acabo ya que bien lo merecen...

Y sigo diciendo yo en base a mi continuo palabrear porque lo siento y lo respeto y porque mi Jesús del Salvador es y será mi guía en el caminar angosto de una vida intensa; porque Cuenca lo merece y lo siente; porque todos, los ‘buenos turbos de siempre’ querrán que nuestra Semana de Pasión siga siendo grande, reconocida, sentida, bella y solemne; y porque, para ello, siempre lucharé con mis sentimientos, en pluma, narrativa o verso, en oficio y en pasión nazarena. ¡Qué así sea!