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Jesús Fuero

TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El epitafio que Coll nos dejó

16/05/2022

Al descubrir que hacía 15 años de la muerte de Coll, un siete de marzo, quise saber qué es lo que diría éste conquense de lo que pasa hoy, y he consultado algunos libros suyos que guardo en mi biblioteca. No he podido evitar recordar la única vez que lo vi en una sala de fiestas llamada Bocaccio, junto a la plaza de Colón. El, como yo, estaba bien acompañado con un copazo y una mujer con tipazo, el en la luz y yo en la sombra junto a la pista de baile con una amiga. Ella es como las cercanas esculturas del Museo de Cera, un recuerdo frio. De Coll supe que pasaba mucho tiempo en malas compañías, las que para el eran buenas, algo en lo que su familia no estaba de acuerdo por los perjuicios que le trajo. Él no fue nunca uno de esos «granujientos maridos unicoños» que diría Camilo José Cela. Yo, con mi americana de botones dorados del Corte Inglés y encorbatado recuerdo ir calle arriba con mi pandilla pija a los garitos de Alonso Martínez. Allí nos acompañaba una azafata del Un, Dos, Tres> y su hermana, que era la que nos encandilaba con su alegría. A la hermana la volví a ver en Albacete, y era monja con vaqueros, y tras unas llamadas de teléfono la comunicación se cortó, y no fue por la cobertura. Allí también con alguna conquense de Vellisca, la que siempre combatía su dolor con la mayor de las sonrisas. El tiempo pasa y uno comprende que ha vivido, que sigue vivo. Y leyendo a Coll para él el epitafio que a Elia Kazán le dedicó: «Los grandes actores no mueren nunca, hasta que no les llega su hora» y en hora buena lo recuerdo. Puede ser que fuera cierto hacer en él el aserto del epitafio que dedicó a Moliere: «Intenté cambiar una sociedad llena de lacras e hipocresía. Cada cual es libre de perder su tiempo a capricho». Él, como todos, tenía un pasado, y que en Cuenca compartió con nuestro amigo Luis Cañas, tiempo de inocencia y crecer, ¡pero poco!, como su palabro: «perfeto, exato y correto». Hoy nos diría que los hay que están en eso de «pesebrerar: v. intr.. Mantenerse firme y constante en el propósito de comer en el establo con las caballerías (señorías)…». 
   Él, a su modo y sin modales, más allá del rockefeller y cuervino frac que también usaba Pantuflo, el de Zipi y Zape, nos hablaría de la guerra, de ese «insecto díptero, muy saltón, parásito del hombre, que atraviesa Rusia de parte a parte». De ese Putín «que se desliza o resbala ante la ramera a la que se le han ofrecido 34 rublos (él dice que son pesetas) por su trabajo (desnazificar)», esa a la que habla con «prosjodia», y a la que dedica «voces cariñosas en el lecho durante el coito». Y bien que nos está jodiendo semejante insecto con la muy puta guerra, esa que quiere atravesar Ucrania de parte a parte. ¡Que me traigan un mataputas! 
   José Luis Coll no habla mal de los amigos, ni de Felipe González: «No me traigáis rosas. Traedme capullos». Hay que reconocer que alguien se ha excedido y le ha traído demasiados. A mi modo de ver es «epitafio» el antónimo presidencial («nombre propio de sepulturero») que hay que borrar ahora que estamos a tiempo, si nos dejan. Los castellanos sabemos que «en España el que es honrado ya sabe a lo que se expone». A los que nos deshonran Coll les dio lugar y nombre «Esterculeros: Lugar donde se depositan los culos cuando ya no valen para nada».