El votante de Felipe en una España a medias

Antonio del Rey (EFE)
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Los más de 10 millones de 'fieles' que respaldaron al líder socialista en las urnas quisieron pasar definitivamente la página de la dictadura y apostar por la modernización del país

El votante de Felipe en una España a medias - Foto: JUAN CARLOS HIDALGO

El 28 de octubre de 1982, tal día como ayer hace 40 años, el PSOE ganó por primera vez unas elecciones generales. Consiguió que más de 10 millones de españoles diesen su confianza al entonces joven candidato, Felipe González, consiguiendo 202 diputados en el Congreso. Ese día, un Alfonso Guerra eufórico lanzó una promesa con resonancias a Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó. «Vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió», dijo el que fue mano derecha de González más de una década.

No le faltaba razón. Mucho había por hacer en aquella España de 1982 que todavía parecía a medias, y que si bien ya no era la del blanco y negro del franquismo todavía precisaría una década para brillar con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, y el votante de Felipe, Felipe González, seguramente lo sabía. O lo intuía.

Aquel votante, uno de los 10.127.392 que hace cuatro décadas depositaron en la urna la papeleta del puño y la rosa tenía suerte si estaba empleado, porque el paro alcanzaba el 16,6 por ciento, con 2.286.000 españoles sin trabajo, y más si era funcionario. Estar «colocado» por el Estado daba gran seguridad, aunque tampoco estaba mal si la colocación era en un banco, garantía de estabilidad y futuro.

Si además era mujer, le quedaba por delante un largo camino por recorrer en busca de la igualdad laboral y social con los hombres. Podía ser alguna de las cerca de 20.000 españolas que se calcula que abortaron en el Reino Unido aquel año. Porque en España el aborto era todavía un delito en 1982.

Unas y otros, eso sí, se podían divorciar, desde un año antes, gracias a una polémica reforma.

Naranjito

El votante de González habría visto la desastrosa participación de la selección en el Mundial de fútbol que organizó España en un televisor en color y hasta podría haberlo grabado en un vídeo. Podía ser un modelo VHS o Betamax, los dos formatos en pugna en el mercado.

Posiblemente tuviera un llavero del Naranjito, la mascota futbolera de España 82, o una pegatina suya entre las muchas que salpicaban las carrocerías de los automóviles.

A lo mejor el suyo era un Ford Escort, el coche del año, que costaba, en su versión más básica, 746.000 pesetas franco fábrica.

Con su radiocasete incorporado, claro, la reproducción en cinta magnetofónica era la opción más cómoda (los walkman portátiles triunfaban entre los más jóvenes) en convivencia con los vinilos. 

La cinta podía comprarse en las gasolineras, para amenizar los largos trayectos en una red viaria todavía muy deficiente. Había poco más de 2.000 kilómetros de autopistas entre los 151.000 kilómetros de carreteras y un parque automovilístico de casi 700.000 vehículos.

El fondo musical de los viajes podía así llenarse, por ejemplo, con rumbas de Los Chichos y Manolo Escobar, o también con chistes de Arévalo. Los clásicos de la carretera.

Claro que la movida empujaba fuerte y el votante de Felipe no podía evitar escuchar un día sí y otro también a Alaska (Bailando), también Mecano (Me colé en una fiesta) o al rockero granadino Miguel Ríos, cuyo espectáculo Rock & Ríos arrasaba al latido de Bienvenidos.

Igualmente Julio Iglesias (No me vuelvo a enamorar) y a Bertín Osborne (Abrázame), a gusto con la edad y la sensibilidad de cada cual.

Todos ellos salían, cómo no, en Aplauso, el programa musical por antonomasia de TVE, la única televisión de entonces, la pública, con dos cadenas, sus telediarios, su fútbol, el concurso Un, dos, tres y la calabaza Ruperta y hasta La Clave, un programa nocturno de debate reservado para televidentes con inquietudes intelectuales, donde los contertulios fumaban sin parar, como todo el mundo en todas partes.

Seguramente ese votante había visto al joven líder socialista, con su chaqueta de pana, en la única tele, o le había escuchado en la radio.

Era enorme la influencia social y política de los periódicos de papel, de tiradas millonarias, con aquella tinta que manchaba las manos, que abarrotaban los quioscos.

Junto a cabeceras regionales históricas como La Vanguardia, La Voz de Galicia, o El Correo Español-El Pueblo Vasco, en Madrid se esperaban con impaciencia las portadas del veterano ABC, del católico Ya y de los rotativos más jóvenes nacidos con la democracia y más del gusto de los votantes del PSOE, como El País o Diario 16.

Si el papel impreso era literario, ese votante socialista quizá leía La historia interminable de Michael Ende, La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, o Las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, los más vendidos por entonces. ¿El precio?, Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, costaba unas 1.000 pesetas, que serían ahora seis euros.

Con ese dinero se podía pagar la mitad de lo que costaron las entradas para escuchar a los Rolling Stones en el Vicente Calderón de Madrid, un concierto épico celebrado el 7 de julio bajo una imponente tormenta que ninguno de los que llenaron el estadio olvidó jamás. 

Un trabajador ganaba anualmente 1.255.700 pesetas de media (7.546 euros), pero las mujeres empleadas recibían menos y muchas figuraban en las estadísticas como «sus labores». 

Mucho había que hacer y con aquel espíritu de consenso se hizo.