Editorial

El discurso del socialismo catalán está plagado de minas

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La clausura del XIV Congreso del Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) deja, además de una triunfal reelección del pasional Miquel Iceta como secretario general, un poso de inquietud al que no pueden ser ajenos los militantes del PSOE, primero, y el resto de los españoles, después. Tanto en las arengas de Iceta como en las de José Luis Ábalos, ministro de Fomento en funciones y secretario de Organización de los socialistas, ha sido prolija la dialéctica que el secesionismo lleva décadas tratando de imponer en el tablero político. Hemos escuchado hablar de «conflicto (político)», de «proceso (de diálogo)» o de «referéndum (para un acuerdo)» en un discurso construido a golpe de oxímoron.  
 El mantra que cose todo el mensaje es el manido «federalismo». Se invoca esta estructura política para España como si no fuera este un país en el que las autonomías, con Cataluña a la cabeza, dispusieran de unos niveles de competencias que en repúblicas como Alemania ni se debaten. Es el federalismo el arcano que suturará las heridas que desde el nacionalismo llevan años infectando con el valor de unos escaños que, cierto es, han sido utilizados sistemáticamente por los partidos de gobierno como la ganzúa de la Moncloa. Hoy se llora que socialistas y populares, socialdemócratas y liberales, no sean la primera opción recíproca para firmar pactos de gobernabilidad, pero lo cierto e irrefutable es que ese mal nos aqueja desde la desaparición de la UCD y la consecuente polarización (bipartidismo) del mapa político nacional. La diferencia es que hoy somos conscientes de hasta qué punto esto alimentó las huestes de los enemigos de la Constitución.
Harían bien los socialistas en medir los riesgos de la operación de bilateralidad que preparan para que Esquerra haga presidente a Pedro Sánchez. Es precisamente el federalismo en el que persisten una fuente de problemas intestinos. Sánchez, más que nadie, debería ser consciente de que no apagará ningún fuego en Cataluña si se le quema la casa en el intento. Los barones callan porque son una especie en extinción diezmada por el paso de los años y la instauración de un aparato pretoriano que ha logrado cierto control sobre los oficiales díscolos con la causa, pero todo partido sustenta su fuerza en el apoyo social que sea capaz de lograr y hay límites que la sociedad española no quiere ver violados. El PSOE caminó, tras la rehabilitación de Sánchez, sobre la mullida alfombra roja de la sentencia de la Gürtel, la nula fiabilidad de un proyecto filocomunista alojado en chalés de lujo y el auge exponencial de VOX, cuyo discurso sigue teniendo el tacto democrático de una lija del ocho. Lo que ERC ha puesto bajo sus pies ahora es el abismo.