EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


El huérfano

03/12/2020

«A veces tengo una sensación de orfandad con la actual dirección del partido».
Al final, este es el mayor exabrupto que se le ocurre a Felipe González contra la actual Ejecutiva del PSOE, ante el pacto con Bildu y ERC, y la general deriva reaccionaria de su propio partido, que ya no es el mismo.
Es decepcionante que, siendo Felipe González la mejor opción para reivindicar la Constitución y los valores de la Transición con el fin de dejar las cosas claras a quienes están permitiendo la desarticulación del régimen constitucional de 1978, en cuya construcción tuvo tanto que ver el PSOE, su reacción se limite a tan blandita, peregrina y abstracta manifestación, con la boca medio cerrada y hablando flojito, por si acaso le atacan con puertas giratorias, en vez de decir las cosas claras y entendibles para todo el mundo sin desdeñar la opción de pegar un portazo y salir corriendo. «A veces hay que irse dando un portazo, y no mirar atrás mientras la casa se derrumba», tal y como escribe, en otro contexto, la bloguera y poeta María Vera Salas.
La circunspecta y recatada respuesta de Felipe González ante la deriva del Gobierno nos da una muestra de la dificultad que tenemos todos para desligarnos de nuestras identidades y pertenencias. En este caso, aunque del PSOE de Felipe González ya solo quedan las siglas, para quienes han pertenecido siempre al partido y, sobre todo, para quienes lo han controlado y dirigido, la identidad con esas siglas les aparta de cualquier pensamiento racional que pudiera llevarlos a plantearse la idea de no pertenecer a un club en el que se admitiera a indeseables como socios.
Se entiende así que Felipe González también precisara de un proceso de desprogramación. La identidad casi religiosa de pertenecer al PSOE, como algo intrínseco en su vida, pase lo que pase y hagan lo que hagan, con expectativas de homenaje póstumo con capilla ardiente en Ferraz, es algo así como montar en bicicleta, que nunca se olvida porque se almacena en la base más recóndita de nuestro cerebro. Plantearse la posibilidad de dejar una organización de este tipo no es fácil, muchas veces por el chantaje emocional de uno mismo, que impide superar la dependencia identitaria respecto de algo que se considera como propio. De ahí el sentimiento de orfandad de Felipe González.
Y esto vale para Alfonso Guerra, Paco Vázquez, José Luis Corcuera, Carlos Solchaga, Claudio Aranzadi, Javier Solana, Tomás de la Quadra-Salcedo o Nicolás Redondo Terreros. Y para todos los dirigentes históricos, militantes desencantados, adeptos, simpatizantes y votantes. Así que, mientras sigan perteneciendo al club, que vayan olvidándose de plataformas y cataplasmas, si de verdad quieren mantener un mínimo hilo de coherencia ideológica con lo que ha sido su fenecido partido.