PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Por nosotros y por nuestros perros

Un malnacido golpeó brutalmente, disparó y arrastró, atada de una soga, a su perra que quedó muy mal herida y, aunque fue atendida, acabó muriendo de sus gravísimas lesiones. La culpa del pobre animal era haber tenido cachorros que, menos mal, han conseguido salvarse de tal canalla. El malnacido, porque alguien que ejecuta y alardea de tales actos, y lo hizo, merece ese calificativo, es cazador. Tendrá su profesión y será también otras cosas, que desconozco, pero esa su otra condición, la de cazador sí es sabida. Su acción fue grabada por un testigo, ha sido dada a conocer por las redes, reproducida masivamente y causado la repugnancia y la condena general. Ha sido denunciado y tendrá que responder ante la justicia.
Es lo debido, lo necesario, lo que ha de hacerse siempre y no ocultarse nunca. Por parte de cualquiera, pero especialmente por parte de los propios cazadores, porque no valen pretextos, ni excusas, ni tapujos, ni comprensión alguna. Al contrario. Absolutamente al contrario. Porque el tiparraco, repito, es cazador. Y debe dejarlo de ser de por vida.
Porque más de 800.000 personas lo somos y por ello, con aún más razones que los demás, afirmo que es un malnacido y un canalla. Porque como parte de ese colectivo me siento aún más concernido, ofendido y manchado por ese miserable. Porque si un binomio hay  sobre la tierra, si una alianza existe entre hombre y animal existe desde hace 30.000, es la del hombre y el perro, antes lobo. Porque con uno me críe de niño, un gran mastín, que hasta me cruzaba el vado del Henares a sus lomos, porque hace diez años enterré las cenizas de mi  buen Lord bajo la sabina después de casi 16 años juntos y hace apenas dos meses subí también allí  al  Mowgly, mi bretoncillo valiente, que me dejó tras trece años a mi lado. Porque si el hombre es hombre es porque fue cazador, porque lo fueron  aquellos homos  habilis y ergaster, hace dos millones de años y siéndolo, hace ya tan solo unos cientos millones de años,  neandertales y nosotros los cromañones conquistaron la Tierra.
La caza, sí, precisamente la caza, nos hizo humanos. El ojo del cazador pintó Altamira y Chauvet. Y fue el perro  nuestro primer compañero, nuestro olfato y nuestro oído. El aliado perfecto  nuestro escucha, nuestro vigía, nuestro pistero y  nuestra defensa. El más leal y quien nos dio  su calor para atravesar la glaciación entera. Nuestros perros. Cazadores ellos como nosotros y como algunos de ellos y algunos de nosotros seguimos siendo. Y no hay nada más feliz que perro y hombre cazado juntos.
Por ello, y en nombre de esa alianza, digo que no cabe un pero ninguno a la denuncia ni a que se propague por todos  lados. Por ese vínculo con nuestros perros afirmo que hemos de ser los cazadores, ya sé que se ha hecho y por todos las organizaciones y me alegro, quienes lo sentemos en el  banquillo y me parece muy bien que se comparta acusación con las ONG que lo han hecho. Poca es la pena que puede caerle: 18 años de cárcel. Pero algo más debe ser añadido a su condena, amén de que debería conllevar también la retirada para siempre del permiso de armas y de cualquier licencia de caza, y esa pena debemos imponérsela los cazadores. Quitarle tal condición para los restos.  Que ese malnacido no puede volver a cazar nunca, que deje de ser cazador para siempre, que  jamás tenga sitio en una cuadrilla ni en ninguna partida. Que sienta no solo el repudio por sus actos sino por el daño que a todos nosotros, los cazadores, nos ha hecho.
 Y que sirva ello para poner pies en pared en todos los sitios, en todas las cuadrillas y en todos los pueblos. Que no se ría una más al burraco de turno, al que alardea de un maltrato y a quien presume de sus brutalidades. Hay que expulsarlos, pero de veras, con la boca grande y con la pequeña, de nuestro lado. Que sepan que no tienen sitio ni cabida entre los cazadores y que sus actos los excluye de poder tener tal condición.  Mucho se ha conseguido y mucho se avanza, pero hay que llegar al final, a no tener la más mínima tolerancia con ellos. Y no solo porque la opinión pública nos castigue como colectivo por sus acciones sino porque esas acciones nos duelan, que a muchísimos, a casi todos, nos duelen de  corazón y nos llenan de rabia y de tristeza. Hagámoslo por nosotros y por nuestros perros.



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