OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Majaderos

29/09/2020

Siempre hubo un tonto por pueblo. Eran tiempos en los que resultaba fácil identificarlo sin tener que recurrir a referéndums, votaciones o vacilaciones. En cada aldea todos conocían a su tonto y a todos él mismo reconocía. Incluso, el pobre tontito se sentía orgulloso del rol que, en parte por méritos propios y también por aclamación, la plebe le asignaba. Muchos de los señalados para asumir ese rol además, en todo aquello que les convenía, se hacían aún más el pardillo a fin de evitar cargar a sus espaldas con muertos que ni les iban ni les venían. Hoy las tornas han cambiado. Hoy, la fauna que puebla las urbes hace dudar a veces sobre si en determinados lares o entornos habita tan siquiera un listo de manual. Hoy en día la estulticia, en cada jornada, atrae a más adeptos que en la anterior. Cuenta con seguidores incondicionales cuya afición por la sandez, como leitmotiv de sus vidas, los consagra como bobos sin miedo al ridículo, siendo lo que a ellos mismos más les atrae de esta condición. La estupidez rige nuestras vidas. Es más, los memos rigen las vidas de una sociedad que, acobardada, aburrida o simplemente anonadada, sabe que cualquier desatino que acontezca en una jornada será superado, con creces y sin rubor, en un plazo máximo de tiempo inferior a 24 horas. Nos codeamos con majaderos a los que aguantamos e incluso tememos, pero que también a veces llegamos incluso a admirar. ¿Cabe mayor despropósito? Solamente el afán del estúpido por superarse a sí mismo, a la mayor urgencia posible, es comparable con los niveles de masoquismo que, vinculados a la capacidad de soportar a estos deleznables seres, ponemos de manifiesto en la familia, el trabajo, el barrio, el equipo de fútbol, la asociación de amas de casa del barrio o la propia sociedad. Así nos va. Sí, en el fondo nos va la marcha y nos merecemos lo que nos pasa y lo que sufriremos. Y si no, ¡al tiempo!