OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


'Picky puck'

23/03/2021

Nadie publicará sobre él. Pocos lo recordarán. Menos aún conocerán su nombre. Sin embargo Picky puck, que así se llama, es uno de los que más ha perdido con la visita que la sierva de la guadaña nos ha realizado últimamente cebándose en esta ocasión con su dueño, un incuestionable referente de la música española de todos los tiempos. A pesar de ese anonimato en el que desde siempre ha vivido, Pickito ha sido, desde que nació, prácticamente el rey de la casa, de ese espacio maravilloso cargado de música, sensibilidad, bondad, recuerdos, arte, sueños… llamado Hemeroscopium. En los últimos años, ir a visitar al maestro implicaba hacerlo siendo consciente de que Picky puck reclamaría innegociables dosis de atención durante nuestras conversaciones. En caso contrario, quisieras o no, se cruzaría mil veces en tu camino, se subiría a tu regazo o llamaría tu atención de todas las formas posibles, no permitiéndote charlar tranquilamente más de un minuto seguido. Actuar de otra manera habría sido ir contra natura y de esas cosas él no entiende. Era preceptivo pagar ese tributo, ese impuesto casi revolucionario pero que, como ningún otro, llevaba asociadas inmensas dosis de sonrisas, mimos infinitos y mágicos enredos de dedos en su pelo a fin de provocarle placer al rascar su cuerpo. Llegó a esa mágica vivienda hace unos años, buscando mitigar la soledad del ya añorado maestro cuando Áurea, su compañera de vida, le dejó solo e indefenso ante su piano, frente a su futuro, desamparado al tiempo que deseoso por seguir viviendo los sueños que siempre en ellos anidaron y que se multiplicaban constantemente por ser su esencia de vida. El pequeño can consiguió que el dolor, la soledad y la tristeza, lejos de disiparse, al menos se mitigasen. Con su nombre se tendieron lazos al pasado —Picky fue un pajarito que un día alegró las vidas de la familia del maestro— y al mundo del ensueño —Puck es ese duende de El sueño de una noche de verano al que Oberón encarga una hierba mágica con la que hace alguna que otra trastada—. Estos años que ambos han vivido juntos han sido, cuando menos, diferentes a como podrían haber discurrido sin la compañía que se han regalado. Estoy seguro de que, a pesar de que el llorado compositor dedicó multitud de melodías, ritmos tribales y armonías pasionales a zorros, nutrias, águilas o ardillas, formando parte de himnos vitales de varias generaciones, ninguno de ellos llegó a gozar del amor, reconocimiento y respeto que a Pickito le regaló el maestro, no llegándose a plantear jamás competir con el temeroso pero admirado lobo que surcaba las pantallas de televisión mientras una suerte de partitura insuperable acompañaba sus saltos en busca de sangre que derramar. Ser caniche toy, encima de color canela, tiene esas limitaciones. Llevo días pensando en él, en cómo estará, en dónde dormirá a partir de ahora y, sobre todo, en cómo llevará el hecho de no ver a su dueño sin saber que no volverá a hacerlo. Sé que no le irá mal en absoluto, pero aún así la situación me produce angustia. Sirvan mis palabras al menos de reconocimiento y gratitud a quien alegró una buena parte del tiempo de enclaustramiento y soledad al que el maestro fue condenado, sobre todo en el último año. Maestro, gracias por lo que nos diste y mi agradecimiento por lo que nos has dejado: tu talento, bondad, sentimientos, pasiones, valores,… hechos música. De ella disfrutaremos el resto de nuestras vidas. Descansa en paz, admirado Antón García Abril.