OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Hotel Alfonso VIII

Mi infancia y juventud, así como una parte de mi etapa de madurez, me han llevado regularmente a este hotel de referencia en mi ciudad. Mi primera experiencia en él tuvo lugar en uno de los salones. Fue esa que sigue aun hoy convirtiendo a muchos niños en protagonistas principales, por un día, de su propia vida. Allí celebré mi Primera Comunión vestido con el típico uniforme militar que, en el mejor de los casos, luces un día y cuestionas el resto de tu vida. Era el primus inter pares de los hoteles de Cuenca y mi familia quería que tan señalada ocasión se festejase como merecía. El paso de los años hizo que, al margen de visitas esporádicas, dos espacios de ese lugar se convirtiesen en rincones especiales para mí. La terraza, con esas vistas incomparables que de la parte alta de la ciudad ofrece, es uno de ellos. Leer allí el periódico, tomar un café o cenar cuando cae el día, buscando con mi vista los rincones más ocultos de mi vieja ciudad, es un lujo del que intento disfrutar siempre que me es posible. Cada visita me permite valorar un poco más la belleza que se oculta tras lo que siempre he tenido tan a mano y al mismo tiempo tan lejos. Allí brotan en mi cara esos ojos de turista minimalista que todos llevamos dentro. Pero mi lugar favorito siempre fue la cafetería, esa que se oculta en los sótanos del hotel y que, salvo despiste mío, creo que permanece cerrada desde hace años. Su inmejorable ubicación, la forma de acceder a ella camino de las entrañas de la tierra o la multitud de opciones que para disfrutarla ofrecía, la convirtieron en mi lugar favorito para compartir intimidades, huir de una clase a la que ese día no venía bien asistir o abordar un ilusionante proyecto que deseaba que pronto fuese realidad. Cómo la añoro, cómo recuerdo aquel recóndito lugar del siempre simbólico hotel Alfonso VIII