NUEVO SURCO

Javier López


El gran fracaso

30/09/2020

La mejor noticia de los últimos meses es la inhabilitación de Quim Torra por parte del Tribunal Supremo. A él, que no pasa de ser un agitador de medio pelo le queda el alivio, sin embargo,  de no tener que estar al frente de la Generalitat gestionando la pandemia y poderse ir cualquier noche de estas a poner alguna que otra pancarta, que al fin y al cabo el no retirar una ha sido la percha que le ha servido al Supremo para retirarle a él de la gobernación. El independentismo, con todo, sigue vivo y dividido, pero dispuesto siempre a la siguiente embestida. Uno  de los grandes fracasos pandémicos que nos aquejan siempre será la reaccionaria matraca separatista.
‘La otra pandemia’,  titula Antonio Muñoz Molina  un artículo muy celebrado estos días, un mal que amenaza con convertirse en un sino irreparable que nos coloque ante una crisis de dimensiones descomunales.  La otra pandemia, afirma el escritor, es una clase política convertida y dividida en castas indecentes, cada una en su burbuja, cada una en su propia dinámica, desconectadas totalmente de una ciudadanía que contempla su incomprensible guirigay como un ruido de fondo que hace perder toda esperanza de que alguien minimamente competente esté al mando de la nave en una tempestad de alto voltaje. Cada uno en su republiqueta de quita y pon.
Es como si en medido del huracán los encargados de gestionar el desastre, conscientes de su incapacidad total, quisieran distraer la atención del personal a la deriva con relatos variopintos y ocurrencias sacadas como conejos en chistera, más o menos respetables, pero en cualquier caso totalmente inapropiadas para la ocasión.  Es algo así como tapar el gran agujero negro de la incapacidad  con banderas kilométricas que cubren el escenario hasta hacerlo grotesco, o introducen en la atmósfera  tal que un “horizonte republicano” que no es más que una pura entelequia para evadir un aquí y ahora que no ha hecho más que comenzar y que es de lo más desalentador. Poralizar y dividir mientras el  aquí y ahora camina ya plagado de desgracias, trabajos que se pierden, vidas que se van y una vida vivida encorsetada e incómoda, necesariamente así por evidentes motivos de salud, pero que necesitaría, para ser más llevadera, el acompañamiento responsable de una dirigencia política en mucho mayor sintonía con la ciudadanía y el grave momento que se está viviendo.
Pero el gran fracaso es que nos encontramos con todo ello tras un proceso de catarsis de la vida pública que ha traído consigo una renovación importante de la clase política. La llamada nueva política parece que se sustancia en una apoteosis sin precedentes de la frivolidad y la irresponsabilidad. Los científicos, que deberían tener la voz preponderante en este momento, contemplan asustados el panorama.
El divide y vencerás es el axioma fundamental de todos aquellos que pretenden nutrirse del enfrentamiento civil para conseguir sus fines políticos. Conseguirlo en épocas convulsas como la actual es el sueño dorado de cualquier populista que se precie. Y parece que ahora casi todos nuestros dirigentes se han abonado a ello. Los que tienden puentes, los que usan tonos conciliadores, se desdibujan por días. Mientras aquí estamos pendientes del dinero que llegue de la Unión Europea, fundamental para abordar la difícil tarea de la reconstrucción, en los ámbitos internacionales miran a España con estupor y preocupación. Madrid es la proyección más clara y nítida del país, y lo que se ve desde fuera es una batalla política que deja muy a las claras el resquebrajamiento de un entramado institucional y de una división territorial que se diseñó para facilitar la vida a los ciudadanos y terminar, o por lo menos aplacar, con las tensiones separatistas. La voz unitaria del Estado no tiene la potencia requerida y el barco cruje. España  de nuevo aquejada del gran mal de la fragmentación, con las consideraciones científicas, tan imprescindibles ahora, enterradas en un mar de mezquinos intereses políticos que amenazan con llevarse por delante lo conseguido en las últimas décadas. Mientras tanto, la ciudadanía, con mascarilla puesta, viviendo y viendo desde sus casas el espectáculo y el virus campando a sus anchas en un territorio en el que parece haber encontrado a su mejor aliado.



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