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¡Exprópienlos!

Carlos Dávila
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Esta semana, Pedro Sánchez y su Gobierno social-leninista han violentado uno de los principios básicos de la libertad: el de la propiedad privada y también el de la libertad de empresa

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez - Foto: REUTERS

Camilo José Cela, para el cronista el mejor escritor español del siglo XX, era también un provocador y, como tal, se permitía licencias de todo tipo que, incluso, parecían incompatibles con la buena educación y las costumbres rectas. Poco antes de su muerte, enero de 2022, pude mantener con él la última entrevista de televisión. Fue un festival de ingenio que, en algún momento, derivó, según era él, en sentencias ingeniosas que ahora mismo se juzgarían casi como feminicidios. Los tiempos han cambiado, pero los idiotas siguen en pleno ejercicio, son tontos de mil hectáreas. En un instante, el Nobel se creció y quiso denunciar el escaso respeto que nuestro país tiene por la libertad. Me dijo, y así se emitió: «La libertad es como el tafanario de las señoras; no hay nada tan importante». Ahí quedó la cosa pero, no sé, a ciencia cierta, por qué me ha venido a cuento esta afirmación, propia de su Diccionario Secreto, constatando cómo esta semana Pedro Sánchez y su Gobierno social-leninista han violentado uno de los principios básicos de la libertad: el de la propiedad privada y también el de la libertad de empresa. Pero, eso sí, han compensado la barbarie presumiendo de que son los salvadores de todos nosotros, consumistas abusivos de luz, que nos han vacunado graciosamente sin preguntarnos a quién hemos votado. ¡Qué tipo este Sánchez!

Pues bien, esta y otras carajadas han pasado bastante desapercibidas para la gravedad que encierran. Los medios casi no han reparado en ellas. Resulta que ha decidido (lo anunció Sánchez en su Televisión Española) concedernos donosamente la vacuna y, al tiempo, «detraer» los beneficios extraordinarios de las empresas eléctricas para intentar que el recibo de la luz tome un resuello. Acudan, por favor al diccionario de la RAE y se encontrarán con esta definición del verbo en cuestión: «Restar o sustraer una parte de algo especialmente una cantidad de dinero». Si, a la vez, rebuscamos en un catálogo académico de sinónimos y antónimos, hallaremos que el tal verbo se homologa con otros dos igualmente comprometidos: confiscar o incautar. Aún se puede añadir otro: expropiar. Pero hemos sido inmunizados sin el carné en la boca. Sin precedentes.

Bien, lo dicho: la iniciativa de Sánchez no es que haya pasado desapercibida como si se tratara de una cuestión baladí, pero sí ha sido poco glosada y, desde luego, criticada. Porque, o sea, lo que pretende el aún presidente es entrar en las cuentas de sociedades privadas como lo son las eléctricas, rebuscar como perros en los llamados «beneficios extraordinarios» que nadie sabe realmente en qué consisten, quitárselos de la cartera a los accionistas, apropiárselos (verbo aún más fuerte que expropiar) y aliviar nuestros recibos de la luz con esos dineros. Cuando Sánchez, sudando como lo hacen los entrevistados en televisión ante el desarrollo de cuestiones peliagudas, exhibía desvergonzadamente este propósito, este cronista pensó: «Solo le falta presentarse como el Robin Hood del XXI». De una tacada presumía de laminar la propiedad privada y, al tiempo, de cargarse la libertad de empresa. Chaves, Maduro, Ortega, Kirchner y Putin juntos. 

Y la gente, mayoritariamente sin rechistar. Las eléctricas duramente perjudicadas, han reaccionado de inmediato y han amenazado con parar las nucleares. ¿Será verdad? Está por ver porque los enfrentamientos contra el Estado suelen terminar mal para los osados que ponen contra la pared al Gobierno. Más aún, en la lucha contra un presidente que ha hecho de la chulería su forma habitual de comportamiento. Si esta iniciativa, llena de trampas, le sale bien a Sánchez, ovacionado para el menester por los comunistas, es más que posible que el aún presidente le tome gusto a la charranada y fisgue también en los bancos o en las empresas de telecomunicación. Hay quien ya se está alegrando por lo demás de este zurriagazo. «Se lo tienen merecido -me decía un diputado- llevan años sirviendo de felpudo a Sánchez y éste ya se ve cómo se lo ha pagado». Cierto.

Por todo eso, Cela tenía, exabrupto incluido, más razón que el santo que efectivamente no era él. Se ensaya la vulneración de uno de los principios que dibujan lo que es una sociedad liberal y democrática y los medios afectos aseguran que: «No hay que preocuparse, lo importante es que baje la luz», las empresas afectadas como si no fuera con ellas y, el público en general, sigue solazándose ante la perspectiva de que, en muy poco tiempo, Vinícius jr. sea proclamado Bota de Oro del mundo mundial. 

Entre tanto, el recibo que nos llega a casa parece la cuenta que paga una gran superficie, y la gasolina que nos traslada de un lugar a otro, se cotiza al precio del caviar. ¡Y la gente no está en la calle! Como no lo estará de seguro si, como aventuran los entendidos, el proyecto del liberticida, no sale adelante sencillamente porque es imposible. Un abogado del Estado, que hace pocos años fue presidente de una de las principales eléctricas del país, me decía en la noche del propio lunes: «No te canses, no te enfades, es una confiscación, pero ¿sabes lo que es sobre todas las cosas? una gilipollez. No se puede hacer». Otro colega suyo matizaba: «...a no ser que se invente un nuevo impuesto».

Autócratas

Pues si hay que hacerlo lo hará. A lo bruto y sin miramientos copiando a su admirado Chávez cuando, paseando un día por Caracas, preguntó a sus siervos: «¿De quién es ese edificio?». Le contestaron: «De la familia Tal». Y ordenó: «Pues, exprópiese, son enemigos de la Revolución». Esa es la norma que siguen los autócratas: el fin justifica los medios, si no podemos calmar el recibo de la luz, pues a por las eléctricas que, ya lo dijo él: «lo pueden hacer». 

Este, y no otro, es el modelo que está aplicando al dedillo el todavía presidente: roba las buenas noticias, la vacunación, por ejemplo, somete a quien osa contradecir, el Poder Judicial, desde luego, se da el morro con sediciosos y separatistas a los que promete un referéndum, mantiene en su Gobierno a sujetos (Marlaska) constantemente descalificados por la Justicia, ningunea, hasta hacerle invisible, al Rey, se solaza disfrutando sin freno de lo bienes del Estado y, ya lo último, lo que faltaba, detrae (es su palabra) los beneficios de las empresas privadas. 

Díganme si no es para gritar bien alto: ¡Exprópienlos! Empezando por él. Nadie le prestaría su coche, nadie iría con él a recoger una herencia. Es un peligro público en toda circunstancia. Pero él se considera nuestro benefactor. La Pfeizer, la Moderna, la Janssen han sido sus regalos, sin preguntar siquiera si le hemos votado. ¡Exprópienles! por favor.