TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Racista

De todos los «ismos» que existen, muchos de ellos inútiles o directamente dañinos, el más imbécil de todos ellos es el «racismo», el equivalente a creerte mejor que otro porque has nacido en un sitio distinto. Además, para redondear la estupidez del argumento, suele haber un componente clasista («clasismo»… ¿no les digo?) en el ideario hueco de quien justifica esa superioridad, porque el racismo suele desarrollarse de arriba abajo, o sea, del primer mundo al tercero, de quien tiene a quien busca, de quien posee a quien necesita. El racista ve amenazas y enemigos, por eso no le molestan Hamilton, LeBron, Bolt o Mbappé, y por eso bobo por comparación, ridículo en sus comentarios, desmontables con un poquito de paciencia (si la tuviera) y dos frases (si escuchara o estuviera dispuesto a hacerlo).

Cuando va al fútbol, y por eso la disertación previa, el racista se encuentra con otros racistas para formar masa. Ese grupo de cacahuetes por cerebro hace la vista gorda con el negro de su equipo, si lo hubiera, pero ven en el negro del rival la víctima propiciatoria de sus complejos y frustraciones. Casi cada semana tenemos noticias de un futbolista negro parando un partido, pateando el balón hacia la grada (como en el último Dinamo-Shakhtar) y siendo expulsado entre lágrimas por ello. O a Bulgaria castigada a jugar sus partidos a puerta cerrada por los gritos a Sterling (Inglaterra)… o, como sucedió el viernes en Rumanía, que Isak (Suecia y Real Sociedad) fuese el centro de los cánticos e iras de los aficionados locales. «El árbitro (el italiano Orsato) me preguntó si quería que parase el juego, pero le dije que no, que no era necesario», explicó el delantero sueco. Pues mal. Muy mal hecho. Porque lo de hacer oídos sordos para «evitar males mayores» (y no denunciar o escenificar el hartazgo) es lo que justificará los siguientes pitos del imbécil.