Bueno, bonito y barato

Leo Cortijo
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La fase dos entra de lleno en Cuenca y, aunque con restricciones todavía más severas, el mercadillo municipal es un buen ejemplo del cumplimiento de la normativa para mantener a raya al coronavirus

Manuel Ferreiro - Foto: Reyes Martí­nez

La desescalada, por el momento, no para. Cuenca forma parte de esa mitad de España que desde el pasado lunes disfruta las bondades que otorga la fase dos. Una etapa intermedia hacia la cada vez más cerca ‘nueva normalidad’, y que contempla medidas de alivio como la reapertura de restaurantes, centros comerciales, autoescuelas, academias, espacios culturales, cines, teatros y piscinas o las salidas en grupos más amplios y la celebración de bodas, entre otros asuntos.

Uno de esos termómetros de la desescalada son los mercadillos al aire libre. En Cuenca, el célebre rastrillo de los martes. Después de más de dos meses de inactividad absoluta, los comerciantes volvieron a instalar sus puestos ambulantes para gritar más alto que nunca aquello de «¡bueno, bonito y barato!». Eso sí, lo hicieron con numerosas medidas de precaución y siguiendo una serie de restricciones. La más visible de todas es que solo pudieron instalarse el 25 por ciento de los puestos habituales, es decir, en torno a 15. Además, únicamente estaba permitida la venta de productos de alimentación y plantas. Asimismo, entre puesto y puesto se estableció una distancia mínima de tres metros, y un metro entre comerciante y cliente. Para facilitar el flujo de personas y evitar aglomeraciones se controló el aforo del mercadillo habilitado una zona de entrada y otra de salida.

Del buen cumplimiento de esta normativa, así como de las medidas de distanciamiento social y uso obligatorio de mascarilla, se encargó una patrulla de Policía Local, apoyada a su vez por un grupo de voluntarios de Protección Civil. Aitor Narbón, que es uno de esos jóvenes voluntarios, explica que «en líneas generales, la gente sigue las directrices que les marcamos porque son conscientes de la situación en la que estamos y cómo debemos actuar para minimizar riesgos».

Esperanza LaraEsperanza Lara - Foto: Reyes Martí­nez

Ese mismo razonamiento es el que esgrime Raúl Saiz, oficial de Policía Local, aunque eso sí, «hay que estar pendiente porque hay ciertos momentos en los que se despistan e inconscientemente no respetan del todo el distanciamiento». Por esa razón, argumenta que esta fase, más que represiva, es informativa: «Les hacemos ver la importancia de respetar las normas porque el virus está todavía ahí y tenemos que ser conscientes de que no podemos retroceder».

«Ilusión y esperanza». Los comerciantes del mercadillo conquense tienen algo en común, y es «la ilusión, la alegría y la esperanza» que ha supuesto para ellos volver a la actividad. Lo definen incluso como «volver a andar» o, también, «empezar de cero». Este colectivo, que por sus circunstancias ha sido uno de los más castigados por la pandemia, retoma así el pulso habitual de su día a día. Aunque advierten de que «esto irá poco a poco», al menos, «ya hemos arrancado», aseguran con una sonrisa de oreja a oreja mientras despachan una docena de churros, venden medio kilo de aceitunas o preparan varias macetas de petunias para una clienta.

La fila de clientes ante el puesto de encurtidos, frutos secos y chucherías que regenta Esperanza Lara es una constante desde que montan el chiringuito a las siete y media de la mañana y lo desmontan siete horas más tarde. Ella lo achaca «al buen género y al buen precio». También ayuda que llevan 35 años viniendo al mercadillo de Cuenca desde Socuéllamos. Adaptados a las circunstancias, además de hidrogel para desinfectar las manos, ofrecen a sus clientes una tarjeta con un teléfono de contacto y un código QR para hacer encargos. «Así el cliente nos llama, nos hace su pedido y solo es venir a recogerlo sin necesidad de esperar ni hacer cola», argumenta.

Sandra MoleroSandra Molero - Foto: Reyes Martí­nez

Esa clientela «fija» y «muy buena» de la que habla Esperanza, es la que también tiene Sandra Molero en su panadería, cuya matriz se encuentra en Palomares del Campo. «Tenía ciertos nervios porque llegara este día, y es que había muchísima gente que quería volver a vernos aquí..., nos echábamos de menos mutuamente después de tanto tiempo», apunta casi con los ojos vidriosos. Ella, como todos los comerciantes del rastrillo, despacha perfectamente pertrechada con todas las medidas de seguridad posibles. Incluso ha instalado una mampara de metacrilato para evitar el contacto directo con sus productos que, ya de por sí, vienen embolsados. «Se trata de maximizar todo lo posible las precauciones», destaca muy convencida.

Ese «necesario» empezar de cero, aún con todas las restricciones, es «vital» para estos trabajadores. «En algún momento teníamos que arrancar de nuevo el coche, no podía seguir parado más tiempo». Así lo explican, por ejemplo, Manuel Ferreiro, un gallego residente en Requena que vende productos cárnicos, y Guillermo Sacristán, churrero natural de Los Hinojosos. Ambos han vuelto a la actividad y, como autónomos, han dejado atrás el cese temporal de actividad que les ha castigado durante estas semanas, que se les han hecho eternas. «Vamos poco a poco, sin correr más de lo debido para no volver atrás, pero lo importante es que ya hemos vuelto», sentencian.

Guillermo Sacristán
Guillermo Sacristán - Foto: Reyes Martí­nez