TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


La violetera innombrable

01/03/2021

Hace casi un mes que salí del hospital, lugar donde conocí a una violetera que no me trajo ninguna flor de primavera. Comprendí allí que el covid no es el mal. El mal es la orfandad, que nos hurten el presente y nos devuelvan al pasado. Es mal porque nos han robado la memoria, un pasado en el que Dios era el señor, para los creyentes su consuelo y su esperanza. Nos han robado el presente y no nos han dejado darnos el ultimo abrazo, el más necesario, ese en que los pobres mortales derramaban su gracia sobre los que se quedaban. ¡Que de hijos sin padres! ¡Cuantos que no tienen a quien gritar! Y desasidos, rotos, deshechos, no verán cumplida la promesa de ver el afán de sus desvelos desde que los destetaron en el sagrado nombre de la vida. Yo quisiera rogar por los presentes, por los que regalan flores a los enfermos; por quién afeitó a mi compañero Ángel en la segunda planta del hospital; por ellas, cariñosas, pacientes, alegres con los que sufrían en soledad e impotencia; por ese médico amable que informó a mi mujer de como progresaba mi enfermedad; por ese otro médico que se mostró severo con un paciente que solo quería irse a casa sin estar sanado, su firmeza pudo salvar la vida de mi vecino. Recuerdo a los de rayos mostrar alegría y complicidad, fueron como viento fresco que inundó la habitación y luego se fue. Y recuerdo a la violetera, a la del atavío violeta, la que por suerte apenas vi, molesta porque recién ingresado y con cuatro goteros no llevaba mascarilla, fue la única vez que alguien me lo recriminó en lo peor de la enfermedad estando semiinconsciente. Recuerdo que la violetera se dejó la puerta abierta en una zona de paso, que dejó el suelo lleno de sangre que alguien limpiaría, que no se dio cuenta de mis carencias, las que no es momento de relatar. Fue lo peor, y fue mi dicha que el resto de trabajadores del hospital siempre entraron a la habitación con flores que eran sonrisas, con una alegría no impostada que hacía que los días fueran más llevaderos, siempre serviciales. Yo me recuperaba bien, pero veía a mi compañero con muchas necesidades que siempre una voz amable se ofrecía a remediar, -¿quiere señor que le demos la comida? -Déjeme que se la dé yo. –No se preocupe que ya hablo con su nieta. – ¿Quiere que cambiemos de posición su cama para que esté más cómodo? Y un etcétera de cosas más íntimas que evidenciaban un trato tan humano que me desconcertó. Nunca nadie estando tan solo se sintió más acompañado. Vi muchos ángeles en esos días, y solo al final distinguí, no siempre, si eran médicos, enfermeras, auxiliares, o gente de limpieza. Solo al final distinguí que salvo la violetera todos ofrecían flores tempranas de primavera a los enfermos que allí estábamos. La mayoría eran jóvenes, y puede que con contratos en precario, pero nunca, salvo a la violetera, les oí quejarse. Vi que hacían turnos de trabajo muy largos, y puede que estuvieran cansados, pero no se notaba. Excelencia fue no quejarse, aun cuando en la habitación vecina se oía a algún paciente gritando desde muy temprano, y me decían que estaba desorientada… Excelencia es no chismorrear, y actuar sabiendo que éramos enfermos necesitados de curación, cada uno hijo de su padre y de su madre. Nos obsequiaron humildemente y nos dieron cariño, uno de los mejores remedios para vencer el mal.