Editorial

La UE, ante el reto de ofrecer una respuesta común a la crisis

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La comunidad internacional afronta uno de los mayores desafíos de las últimas décadas. A la respuesta a la crisis humanitaria que está dejando decenas de miles de fallecidos hay que sumar las consecuencias, todavía incalculables, económicas. Se espera una respuesta institucional a la altura y en ese contexto se enmarca la misiva sellada por 70 líderes mundiales en la que piden al G20 una respuesta global para frenar la expansión de la pandemia en los países más vulnerables. 
En lo que respecta al viejo continente, la UE debate mecanismos para hacer frente a la situación que está poniendo en jaque a países como Italia o España. Afloran las disputas a la hora de tejer un discurso común ante el golpe a la economía continental, según Bruselas la peor caída de la actividad de los últimos 75 años. Ante una crisis humanitaria de esta magnitud, Europa debe arbitrar medidas pensando en el interés general, pero atendiendo no solo a los países afectados sino a sus ciudadanos.
Mientras Italia se queda sola en la defensa del los eurobonos, negándose a convertirse, bajo el estigmatizador paraguas del rescate, en la Grecia de esta nueva crisis, Francia y España se sitúan en una posición más equidistante frente a los que apuntan a los préstamos con condiciones, principal exigencia de los Países Bajos, que determinarían los presupuestos futuros de las naciones que se acojan a los mismos. Se acrecientan de nuevo las diferencias entre el norte y el sur, que ya sufren en sus carnes la avalancha migratoria, puestas de manifiesto en otras ocasiones.
En juego no solo está la estabilidad económica de los diferentes países y el bienestar de sus ciudadanos. A nivel institucional, la Unión Europa expone su futuro como entidad supranacional encargada de velar por los intereses comunes de sus moradores por encima de las demandas particulares de los países más florecientes. Ha de salir a escena la Unión Europea de las gentes en un momento crítico para sus integrantes. La capacidad evidenciada por la UE y fortalecida a partir de un relato común frente al desafío del Reino Unido y el posterior Brexit está en entredicho ante un reto para nada menor. Si la salida del país británico vino provocada, además de por su idiosincracia, por la falta de confianza en un proyecto común, ésta puede sufrir una nueva erosión si, como parece, se deja a alguien atrás haciendo asumir a países como Italia o España los costes derivados de una pandemia global que nadie preveía, ni los más alarmistas. La UE ha de ser consciente de que las decisiones que adopte ahora no solo servirán para atenuar un retroceso inevitable sino para seguir asentando los pilares de la propia institución comunitaria.



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