Jesús Fuero

TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Enrique Domínguez Millán

14/06/2021

Fue en primavera cuando se calló la voz, esa que siempre fue serena, despierta, amena. Fue en primavera cuando cayó la flor más resistente del invierno, de muchos inviernos. Yo ya llevaba meses sin oír su voz cuando supe que al terminar abril su palabra se difuminó para dejar de ser mortal y serlo todo en las alturas. Ahora se te recuerda y engrandece, es inevitable. Yo aún recuerdo cuando en la Diputación presentaste el postrimero libro ilustrado por Moset Millán. Unos pocos fuimos los testigos de muchas ausencias, esas que ahora seguramente te recordaran, éramos doce al recordar el libro que escribiste junto al mar, y fue el epilogo del inesperado adiós a Moset. Hoy, en mi orfandad, recuerdo a quien gustó del agua salada, la que con Acacia Uceta abordó en muchas ocasiones. Eres de mar, y en el mar están tus escamas. Pronto llegaría el homenaje que Cuenca tanto te debía cuando recibiste el premio Glauka. El gran auditorio de las Escuelas Aguirre se desbordó de emoción, que hubo muchas lágrimas, muchos conquenses a los que tú has iluminado, que han comprendido que tu compromiso con Cuenca no fue nunca estar de paso en la calle de San Pedro, que has sido portavoz y estandarte de nuestra ciudad y por ti muchos la han conocido o deseado, y lo más importante «la han vivido como propia». Tu serás siempre baluarte de la cultura en nuestra ciudad. 
   Hay cosas que nunca nos dijimos en el infinito tiempo que compartimos, que lo importante nunca se puede cuantificar, que tus palabras en mí son eco que se repetirán hasta el fin de mis días, esos que podré compartir cuando mi verdad se humille al acercarse a tu eternidad. No hay pesar en mí, que te robe tiempo y palabras. Compartimos auditorio, mesa y mantel. Me regalaste un prólogo y confidencias. No hay pesar cuando se recuerda el vino de la amistad. No hay pesar cuando se pudo aprovechar la oportunidad que el tiempo nos brindó de estar juntos, siempre escaso. Un día me dijo tu amigo Carlos de la Rica que solo triunfa quien sabe aprovechar esa oportunidad que una vez el destino nos ofrece. Triunfe al poder conocerte y el saber de tus triunfos merecidos es el ejemplo que debo merecer.
He dejado que pase mayo, que mayo es tuyo, la flor es tu palabra, de pétalo tus letras, las que antes de caer al suelo adornan el bello estigma de la flor, la ambrosia de tu esencia. Y es que tú, de la escritura hacías algo sencillo, hermoso, que convertía tu lectura en natural ejercicio, haciendo de tus letras algo ameno y apetecible que invitaba a seguir leyendo hasta el fin. Voz.  
   Era jueves y veintinueve, y era abril, cuando Santa Catalina de Siena (copatrona de Europa) se festejaba, esa laica Santa que murió a la misma edad que Jesucristo. Y tú, a una edad de vértigo, te elevaste aún más, y casi sin desfallecer hasta unos meses antes nos seguiste ofreciendo unas páginas en La Tribuna, páginas de sabiduría, de quien ha vivido, de quien recordaba y será recordado. Fuiste árbol longevo y diste vida, y diste ejemplo aleccionándonos con tus sencillas palabras. Ofrendas. Fuiste «un sabio que supo vivir» y esa es la lección que me quisiera saber al dedillo hasta hacerla axioma, verdad inmutable que quisiera hacer mía y alcanzar.
   Merecerte en Cuenca debió ser nuestro premio, y debes ser recordado. Y tu nombre en la piedra que amabas, grabado.



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