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Coraje y corazón

Leo Cortijo
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La historia de Rosendo Poveda es una de las 3.000 de aquellos que, según datos de la Sociedad Española de Neurología, luchan día a día contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa y que no tiene cura.

Rosendo Poveda, en el patio de su casa en Casasimarro. - Foto: César Poveda

Todo arrancó con unas molestias en el hombro derecho. En aquel momento, Rosendo no le dio ni la más mínima importancia. A principios de 2019 algo comenzaba a manifestarse en su cuerpo. Pero el dolor no se quedó ahí, fue a más. Siempre muy activo en la Semana Santa de su pueblo, Casasimarro, esta pequeña lesión –o eso creía él entonces–, le obligó a dar un paso al lado. El primer diagnóstico lo redujo todo a una tendinitis. De esta forma, había que pedir cita en Rehabilitación. Según explica, llamó y llamó pero nadie le cogía el teléfono. Llegó a presentarse en la consulta y como la cita tampoco se materializó, interpuso una reclamación en atención al paciente.

No ayudó en absoluto la irrupción del coronavirus, que puso contra las cuerdas al sistema sanitario, impidiendo que muchas consultas, en principio menos urgentes, quedaran relegadas a un segundo plano. Entre ellas, la suya. Lo que está claro, comenta Rosendo, es que el malestar fue a más y que así no podía seguir trabajando en su empresa de cultivo de champiñón. Le dieron la baja, pero las señales en su cuerpo no paraban. De un hombro se pasó al otro y al poco tiempo a las piernas. «Ni dormía ni nada», comenta. Para colmo, a finales de ese luctuoso 2020, contrajo el COVID. «Me tiré cuatro meses de la cama al sofá y del sofá a la cama, no podía hacer nada» porque a esto se sumó una neumonía que le dificultaba la respiración. Levantarse para echarle de comer a sus dos canarios o salir al patio para coger un tronco de leña para la estufa suponía poco menos que una odisea.

Al cumplir un año de baja y ante la ausencia de unas pruebas que generaran un diagnóstico claro y fiable, le comunicaron que tenía que reincorporarse a su puesto de trabajo. En ese momento «no podía casi ni andar» y su frustración era «absoluta» cuando intentaba hacer ver que algo le estaba pasando, aunque nadie daba con la tecla. Le hicieron algunas pruebas más, e incluso una biopsia. Llegó a pensar que se trataba del COVID en forma de secuelas. Tras pelear y pelear, con ese resiliente espíritu de colchonero que le caracteriza, por fin consiguió una cita en Rehabilitación a finales de 2021. La cosa fue a peor y en una segunda consulta el Día de Reyes de este año, tras diagnosticar, en principio, una atrofia muscular, le sometieron a una electroneurografía. 

A partir de entonces las pruebas a las que fue sometido se redoblaron y de todas éstas salieron, por primera vez, una palabra y tres letras: posible ELA. Le mandaron al neurólogo y él fue el que tras otro estudio le dijo: «Tiene usted una enfermedad degenerativa que no tiene cura». Ese mismo doctor le explicó que no podía darle una esperanza de vida concreta, «pues hay pacientes en los que avanza muy rápido y otros en los que no tanto», recuerda Rosendo. Desde entonces, «hay que hacer un seguimiento para ver cómo evoluciona la enfermedad».

«Tranquilidad». ¿Qué sintió en el preciso instante en el que el médico le comunicó que tenía una enfermedad incurable? Sorprendentemente, este casasimarreño dice que «tranquilidad». Por fin, añade, «sabía lo que tenía después de casi tres años sin un diagnóstico». Rosendo era consciente de que algo le pasaba y que «no era cualquier cosa». En este punto de la conversación hace un alto en el camino, se escucha el silencio y, a continuación, el llanto. Rosendo, de 65 años, se emociona al recordar lo que para él fue el «peor momento» del calvario que ha vivido. Lo que más pesó en su ánimo fue no sentirse escuchado ni comprendido. Lo pasó «realmente mal» cuando le comunicaron que tenía que volver a trabajar al expirar la baja y hacer ver sin éxito que no estaba para ello. A un currante nato como él le molestaba no poder demostrar que no eran falta de ganas, sino una total incapacidad.

Camino incierto. Una vez diagnosticado, empieza la búsqueda compulsiva de información. «Ves que hay famosos que lo tienen, personas que han aguantado un año y otras algo más… Unzúe lleva ya dos o tres años y el alcalde de La Roda va camino de siete», explica Rosendo autoconvenciéndose de que la incertidumbre marcará el resto de su vida. Lo único cierto es que el triste final es el que es. Puede llegar antes o después. Eso, por ahora, nadie lo sabe. En todo caso, reconoce con entereza que lo tiene «asumido». «En la familia ya lo hemos hablado», dice, y es que «he trabajado mucho en esta vida pero también he vivido todo lo que he podido».
Los problemas físicos se recrudecen día a día. A las extremidades ya se ha unido la parte baja de la espalda y empiezan a atisbarse en el horizonte, comenta, problemas para tragar y hablar. Con este panorama, no queda otra que tirar para adelante. «Eso siempre», apunta. Y apoyarse en aquellos que le rodean y que tanto le quieren, con las dos joyas de su particular corona, sus nietos Adrián y Unai, tan atléticos como él. Queda eso y, por supuesto, «ir partido a partido», como siempre dice el Cholo, su referente espiritual de cabecera. Rosendo, como su Atleti, es coraje y corazón.