OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Chita callando

El azar hizo que se sentase en la silla vacía que había frente a mí. Una hora antes ambos habíamos coincidido en una boda. Yo iba de invitado; él era el sacerdote que los casó. Perdido el hombre entre gente desconocida, bastaron unos segundos para que empezase a charlar con él. En ello influyó muy poco que mis principios me animasen a intentar que no se sintiese solo; lo realmente importante para mí era lo vivido minutos antes. Durante la homilía, él se había dirigido firme y serenamente a las familias de los contrayentes “ordenándoles” que a partir de ese momento los dejasen en paz. Una nueva familia y proyecto de vida requerían que fuesen los nuevos casados los que afrontasen las responsabilidades, ante ellos diseñadas, sin interferencias ni tutelas y que solo cuando ellos lo demandasen se hiciesen presentes sus padres. “Dejadlos en paz”, exclamó reiteradamente. Al sentarse posteriormente en mi mesa, no pude menos que felicitarle por el atrevimiento de trasladarles esa contundente sentencia; la compartía plenamente. Ya en conversación, me indicó que él formaba parte del organismo que tramitaba las nulidades matrimoniales eclesiásticas. Según él, las estadísticas arrojaban el dato de que era desproporcionado el número de las que se tramitaban por intromisiones de las familias en las nuevas parejas. Solía haber, según contaba y yo he visto siempre, un intrusismo desmesurado de muchos padres que, aunque suele contar con el beneplácito e incluso ruego al respecto por parte de uno de los consortes, agobia en la misma proporción al otro. Y lo peor no era esto; lo más grave, me dijo, era que el cónyuge que veía invadido su espacio por la familia del otro no siempre reaccionaba de frente sino que, por no encabritar más la situación, adoptaba la posición más peligrosa e irreversible para la pareja: actuar a la chita callando.