Un notable Ginés Marín, primera puerta grande de la feria

Leo Cortijo
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El torero extremeño corta tres orejas en la apertura de la Feria de San Julián. La corrida 'torista' de Pallarés tuvo un poco de todo aunque faltó casta y emoción. Román falló con la espada y Curro Díaz dejó detalles.

Un notable Ginés Marín, primera puerta grande de la feria

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1ª DE LA FERIA TAURINA DE SAN JULIÁN 2019

Lo más importante en la vida, sea lo que sea, hay que construirlo bien desde el inicio, desde los cimientos. Eso resulta más que fundamental. Si no, cuando uno llega arriba y termina de poner las tejas, la casa termina por tambalearse. Eso se ve claro cuando se domina a la perfección lo que se hace o cuando se atraviesa un buen momento, por la razón que sea. En esos derroteros se encuentra Ginés Marín, que de un tiempo a esta parte se ha entonado y ha hecho recordar su mejor versión. Aquella que le llevó a lo más alto de ese particular escalafón de jóvenes y emergentes valores. Ese del que tan ayuno está la Fiesta últimamente. Él ya está, y debe estarlo, un escalón por encima. Que vuelva por sus fueros un torero así, no cabe duda, es una buenísima noticia. En la apertura de la Feria de San Julián, con tres orejas –una de ellas muy generosa– dio el primer golpe en la mesa y se convirtió en el primer triunfador del ciclo.

En ello tuvo también mucho que ver, todo hay que decirlo, el que pechara con el mejor toro de la discreta corrida de Pallarés, que tuvo un poquito de todo, aunque la casta y la bravura que se ha visto en este hierro, no apareció como en otras ocasiones. A ese toro que salvó la honra ganadera, Chiquito, Ginés Marín lo entendió a las mil maravillas. El de Pallarés, como la faena, fue de menos a más, y partiendo siempre desde la fijeza, la repetición y la humillación, transmitió tanto al torero como al público. El extremeño, midiendo a la perfección los tiempos y las distancias, logró hilvanar muletazos por abajo y con calidad por ambos pitones. Algunos pases de pecho y algunos naturales fueron tremendos. Además de una estructura maciza y un toreo notable, calibró a la perfección la duración de su labor. Los ánimos del respetable solo los frenó una estocada entera, pero no en el mejor de los sitios. Y eso precisó de un par de golpes de verduguillo. Lo que era de dos, se quedó en una por esa razón.

Al contrario que en su segundo, que era de una, pero terminó siendo de dos. Ese Famosillo que cerró plaza, a tres meses de los seis años, fue el más serio y ofensivo del encierro, y con mucha diferencia. Bizco, pero con un pitón derecho que apuntaba al cielo. El arrebatado saludo capotero de Ginés fue un buen punto de partida de lo que acabó siendo una obra que no terminó de despegar, y eso que apuntó en muchos momentos. La primera serie fue en el tercio, genuflexo y conduciendo la codiciosa entrega del animal. Eso fue lo mejor, a excepción de ciertos pasajes al natural, en los que Ginés bajó la mano y el noblón de Pallarés, que solo se dejó, los tomó con largura. Por lo demás el parlamento resultó monocorde, pero no por demérito del torero, que lo puso todo encima de la mesa. Actitud y disposición no faltaron. Eso sí, lo dicho: las dos orejas se antojan excesivas; con una hubiera sido suficiente.

Al Pollito que abrió feria, que no iba sobrado de fuerza, Curro Díaz quiso medirle mucho en varas sabedor de que como apretarse un poco no iba a encontrar nada. La faena del torero de Linares, brindada al aficionado Miguel Tinajero, fue un continuo dosificar la noblona entrega del blandito de Pallarés. Pero todo, con ese sabor añejo que guarda en sus muñecas como muy pocos. El animal, aunque con condición, soseó demasiado y nunca terminó de entregarse por completo. Faltó la emoción de la casta, lo que no fue óbice para que Curro dejara media docena de carteles de toros por ambos pitones. Dicho esto, también hay que decir que por momentos –unos cuantos– faltó ajuste y ceñimiento. La estocada no cayó en buen sitio. Su segundo, Aceituno, se empleó con la cara por las nubes y de mala manera en la jurisdicción del pica, que se fue al suelo. Inició trasteo doblándose con el burel para sacárselo a los medios. A partir de ahí, la instrumentación del linarense fue evitar en todo momento que el pupilo de Santa Coloma, sin atisbo de casta y a verlas venir, no abandonara la pelea tal y como quería. Por eso se la dejó siempre en la cara. Con la misma falta de ceñimiento que en su primero, muleteó a media altura sin apenas fundamento ni dejar nada de rédito que llegara al tendido. Ahora bien, ese sello propio y tan único le valió para saludar sendas ovaciones.

Otro Aceituno de nombre, éste más abrochado y al que picó de lujo Santiago Morales Chocolate, cumplió en esa jurisdicción. Apuntó ahí y refrendó después en banderillas una pelea a la defensiva, que puso en algunos aprietos a la cuadrilla, cuando apretó hacia las tablas. Se vieron desbordados. Román, en principio, no tanto. El valenciano lo vio claro casi de inicio, y tras probar en el tercio, se llevó al insípido animal al centro del platillo, donde logró fructificar algunos pasajes de poco lucimiento, pero con peso en los tendidos, muy con el torero, por cierto. El de Pallarés fue y vino como un pan sin sal, con la cara por las nubes y totalmente desentendido. Todo, absolutamente todo, lo puso el torero. Menos matar bien, eso sí, pues su primera estocada hizo guardia y a partir de ahí todo se ensombreció con varios pinchazos y otra estocada más también fea con la que el animal acabó claudicando. Ratero, segundo de su lote, se dejó pegar sin más. Tras brindar al público, Román evidenció algunas dudas hasta que encontró los terrenos propicios en los medios. Ahí, en el cuerpo a cuerpo, terminó por ganarle la partida, aunque de inicio le costó. El de Pallarés, sin ser nada del otro mundo, tuvo fijeza y movilidad, condiciones suficientes para que el valeroso coleta muleteara a diestra y siniestra con pulcritud, pero sin llegar a cotas altas. Y así, su trasteo se difuminó en la indiferencia. Más todavía si cabe al tomar la tizona, con la que volvió a marrar de nuevo.

 

- Plaza de toros de Cuenca. 1ª de la Feria de San Julián. Dos tercios de plaza en tarde soleada y agradable. Se lidiaron seis toros de Pallarés, desigualmente presentados. Blandos, noblones, suavones y descastados, se dejaron en líneas generales, a excepción del humillador y repetidor 3º, que tuvo un fondo interesante.

- Curro Díaz (verde botella y oro): ovación con saludos y ovación con saludos.

- Román (blanco y plata): silencio y ovación con saludos.

- Ginés Marín (gris y oro): oreja y dos orejas.

- Santiago Morales Chocolate se marchó aplaudido tras picar al segundo de la tarde. Antes de romper el paseíllo, se guardó un minuto de silencio en memoria de José Martínez, El Chavo, que fue responsable del personal de plaza.