DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


¡Estremeceos!

09/04/2020

Hace ya unas semanas que los gancheros han comenzado la faena en el Alto Tajo. ‘Marzo, con sus marzadas, se llevan las maderadas’. Una vez en el río no hay mal bicho ni nadie que les pare; el trabajo de estos hombres de cerradas barbas, figura colosal y rostro tostado es esencial en esta oscura primavera. Los troncos han rebasado ya La Escaleruela de Zaorejas y el puente Tagüenza, pasado Huertapelayo. Alguno incluso ha rezado ante en la ermita de la Virgen de los Santos, en Buenafuente. ¡Quién lo diría! ‘A todos nos hace falta’. También ‘a los que no tenemos remedio’.
Principiado abril, se cumple el refranero y unos días trae rocío y otros helada y frío. En cuanto declina el sol. Estamos a Viernes Santo y los gancheros de Sampedro han llegado a Oterón. Es uno de los tres pueblos imaginarios de El río que nos lleva. Por el curso que lleva la maderada, junto a Ocentejo, entiendo que el escritor está hablando de Oter, el pueblo de acogida del mi amigo Tito, folklorista y violinista. Pendiente está la visita, Tito. Y la ronda.
Es Viernes Santo y en circunstancias normales, en aquellos pueblos del Alto Tajo, apenas habría un puñado de vecinos en los oficios que recuerdan la Pasión y Muerte de Cristo. Este Viernes Santo no habrá nadie en las iglesias. En aquel año, debido a la llegada de los gancheros y a la caravana de gentes, a pie y en caballería, que se acercó desde otros pueblos próximos, el templo del imaginario Oterón se llenó. En Oterón el cura se llamaba Ángel Ponce y es un personaje irreverente creado al gusto de Sampedro: ha muerto Dios, pero doy de beber a los gancheros. «Dios está muerto. ¿No os quedáis atónitos? ¡Ved muerto a Dios y estremeceos!».
La imagen de la muerte siempre es conmovedora, aunque el misterio de la Resurrección alivie a los creyentes, por muy desencantados que estén. La desesperanza es un sentimiento extendido en estos días de muerte y confinamiento. En tiempos de coronavirus, todos la hemos visto demasiado cerca en miles de despedidas silenciosas. ¿Por qué esconder a los muertos? No es cuestión de números ni de estadísticas. Se trata de la dignidad de cada ser humano, con su nombre y apellidos, con todo lo que han dejado atrás: un padre, una madre, un hijo, un hermano o un amigo. ¿O es que acaso nos avergüenzan?
El Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha nos ha sacado los colores. Era de esperar, cuando a los jueces les están elevando una tragedia para que sean ellos los que resuelvan la inoperancia de tantos. Esto es relativamente sencillo. Sirve con hacer una media de los fallecimientos registrados en marzo de 2019 y en ejercicios anteriores. Los números no cuadraban y eso va a ocurrir en todas las comunidades autónomas, no es sólo cuestión de aquí. Vendrán después más tribunales a poner algo de luz. La orden de Sanidad era clara: si no se ha realizado el test, no se determina en ningún caso que detrás ha estado el COVID-19, por muy evidentes que sean los síntomas. Y así, se han ido miles de personas sin más, con una parada cardiorrespiratoria o a causa del último mal, que de todo ha habido.
La imagen de los ataúdes en la morgue del Palacio de Hielo de Madrid no puede ser más espeluznante. Podemos perdernos en un debate sobre la idoneidad periodística de esta fotografía, pero la realidad que nos han querido ocultar va más a allá que una simple estadística. Eso es lo realmente estremecedor.