Callejero del recuerdo

J. López
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La memoria popular se encargó de preservar u olvidar nombres populares de barrios, plazas o puntos de encuentro

Callejero del recuerdo

Calles, plazas, barrios, espacios de la ciudad que, a lo largo de su historia,  cambiaron la nomenclatura con la que se les denominaba y que, con el paso del tiempo, han perdido su original y popular nombre. El callejero de Cuenca está plagado de numerosos calificativos conocidos que aún, cierta parte de la población, usa de forma común. Algunos han pasado a ser oficiales y otros siguen existiendo gracias a la memoria de sus habitantes y residentes. La llegada de un nuevo establecimiento comercial a la ciudad, la instalación de una estatua o escultura en una rotonda o en una plaza, o revisar el callejero cuando crece la urbe en su periferia y se construyen nuevos edificios, basta para que el pueblo llano comience a denominar el antiguo o nuevo espacio con un nombre acorde a los tiempos. La agudeza o gracia con la que se califique puede llegar a calar en la memoria colectiva y perdurar en el tiempo. No obstante, a la vez que las nuevas modas y los nuevos nombres se implantan, la llegada de las futuras generaciones acaba con las designaciones de toda la vida. El callejero, por tanto, es un ente virtual en constante evolución que se transforma y que muta dependiendo de las resoluciones que tomen las corporaciones municipales y de lo que los propios ciudadanos decidan. De entrada, cabe recordar que sólo la capital cuenta con cerca de 450 nombres de calles, avenidas, plazas o rotondas. Sin embargo, y aunque muchas de las placas que adornan las calles no se corresponden con el uso popular, los ciudadanos seguirán quedando en el Xúcar, comprando en el Pan de Azúcar o paseando por el Juego de Bolos.
ocio y comercio. Los jóvenes y no tan jóvenes aún se refieren a La Calle para mencionar la zona de pubs y bares de la calle Doctor Galíndez, de quien cuenta José Luis Muñoz en su Diccionario de andar por casa –imprescindible publicación sobre el callejero de Cuenca– que este oftalmólogo se significó en la década de los 20 por pasar consulta gratuita a los pobres. Otra de las calles que hasta hace poco era un referente de las noches de la ciudad era la llamada zona de la estación. En la travesía que hay entre la calle Fermín Caballero y la plaza del Ferrocarril se acumulaban varios establecimientos de ocio nocturno muy reconocidos que, desde los 90 y hasta hace unos pocos años, estuvieron abiertos al público hasta altas horas de la noche.  Años atrás, entre finales de la década de los 80 y antes de cumplir el  cambio de milenio, existió la llamada La Zona. En realidad se trataba de la Avenida República Argentina que, a ambos lados, acumulaba varios bares y alguna que otra discoteca que reunía, sobre todo, a los alumnos jóvenes que salían de los institutos y que aprovechaban las escaleras de subida a los Moralejos como asiento improvisado para «echarse unos litros». Ahora que, muchos se acordarán de aquella moda de quedar en Los Pichones, uno de los primeros supermercados que se abrió en los 80 en la llamada, por aquel entonces, calle 18 de Julio. Junto al jardincillo del edificio Icona quedaban los jóvenes para organizar las «chusmas», casi siempre relacionadas con algún cumpleaños, y comprar la bebida y los aperitivos de camino a la Plaza Mayor. Probablemente, la llegada de los comercios regentados por ciudadanos de nacionalidad china acabaron con la costumbre. Si se recuerdan comercios, y más concretamente hipermercados, no se puede olvidar la denominación del primero de esas características que llegó a la ciudad a principios de los 90. El Pan de Azúcar supuso una auténtica revolución en la capital conquense, tanto que muchos ciudadanos siguen usando este nombre cuando se refieren al centro comercial, que pasó más tarde a denominarse Jumbo y que lucía un elefante como logotipo. A medida que fue creciendo la ciudad se fueron estableciendo nuevos barrios y polígonos a los que se les asignó un nombre. En muchos casos se hizo uso del apelativo del paraje donde se construyeron las viviendas y, en otros, alguien se inventó una cariñosa o divertida denominación que incluso ha llegado hasta nuestros días. Por poner un ejemplo, a principios de la década de los 80 se construyó en el paraje de El Tesoro una gran cantidad de viviendas, cerca de un millar, con el amparo de la cooperativa San Julián. El nombre elegido para el barrio fue el de Fuente del Oro. El caso es que algún problema con la constructora provocó que las viviendas se entregasen fechas más tarde de lo previsto. Quizá, por ello, se llegó a denominarle con el nombre de Fuente del Lloro, por las protestas vecinales, y Las Malvinas. Esta segunda acepción tuvo quizás que ver con la guerra que por aquellos días mantenían Argentina y Gran Bretaña por la soberanía de las islas del Atlántico Sur. El poblado de viviendas de Obispo Laplana, construido a finales de los 50 por el Ministerio de la Vivienda, acogió a las afueras de la ciudad a numerosas familias de varios barrios deprimidos y a otras de la provincia que no tenían recursos económicos. Al barrio se le llegó a llamar Katanga, porque en aquellos días esta provincia del Congo africano quería separarse y constituirse en una república independiente. No obstante, el nombre que quedó para siempre fue el de Las Quinientas, el número de viviendas que se habían construido. Otro de los sobrenombres singulares es el del Barrio de Buenavista. Al conjunto de casas humildes que ocupaban el cerro de entrada a la capital por la carretera de Madrid se le llamó Barrio Chocolate. Unos aseguran que era por un cartel de grandes dimensiones que anunciaba una marca del dulce, otros por el aspecto que presentaban sus calles cuando llovía con intensidad y se deslizaba el barro. En la década de los 80 también se finalizó la construcción de otro de las barriadas de ensanche de la ciudad. San Fernando se llamó a esta parte de viviendas de la carretera de Valencia por la fuente del mismo nombre que había en el paraje. La lejanía respecto al centro hizo que algunos pasaran a llamarle Mislata o La Melgosa, exagerando su cercanía con el municipio de Valencia capital y la pedanía conquense. A Villa Román, el barrio que creció en la parte superior del camino Cañete, se le llamó Buenos Aires por los vientos ligeros que suelen correr por la zona. Y así se podrían citar numerosas calles, espacios públicos o barriadas que, con el paso del tiempo, olvidó la memoria colectiva. Buen ejemplo de ello es el conocido como barrio de La Ventilla. Sólo los conquenses de mayor edad recuerdan o han oído hablar de esta parte de la capital que por aquel entonces ocupaba las afueras. Un enorme olmo coronaba aquel conjunto de casas humildes que daba acceso a la antigua Carretería. El espacio actual está ocupado por las calles Cervantes, plaza del Xúcar y por lo que se conoce como Cerrillo San Roque. En su margen izquierda hay un plano que localiza muchos de estos espacios. Seguramente, y si tiene un bolígrafo o lápiz a mano, pueda rellenar de nombres el mapa hasta que su memoria alcance. Este sería un buen ejercicio para su recuerdo.