LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Coraje

19/05/2020

La noche cerrada se les echa encima. Cansados del largo peregrinaje, el líder, que acaba de hacer posible que un mendigo recupere la vista, y sus discípulos deciden hacer parada en Betania, un pequeño pueblo situado en las faldas del Monte de los Olivos. Allí, descansan antes de reemprender la marcha hacia su destino: Jerusalén. Ya están cerca de su objetivo. 
Mañana de luz. Centenares de judíos se concentran en las inmediaciones de la ciudad, proceden de diferentes puntos para celebrar la tradicional Pascua, conmemorando su liberación de la esclavitud egipcia. Al llegar a Betfagué, el Maestro, consciente de la amenaza que supone el decreto del sanedrín que le condenará a muerte si se erige como Rey, prepara su entrada y pide a Pedro y a Juan que acudan a una aldea cercana para tomar prestada una burra joven que está atada y que no ha sido montada antes. «Si os preguntan, decid que el Señor la necesita, y que les será devuelta luego». De este modo, la profecía que Zacarías lanzó medio siglo antes cobra vida. 
La comitiva es cada vez mayor. Tras poner varios mantos encima del lomo del animal, el adalid, cuyo nombre es Jesús, se sube en él y se dirige a Jerusalén con el objetivo de acceder por su Puerta Dorada. A medida que se acercan, son muchos los que le reconocen. Sin pensarlo y de manera instintiva, lanzan al suelo sus ropas al mismo tiempo que cortan ramas de los árboles para crear una alfombra natural sobre la que el Mesías prometido pueda pasar.
Las decenas se convierten en centenares y muchos preguntan con insistencia a quién aclaman. Es el Profeta de Galilea del que tanto han oído hablar. El gentío lo alaba, se postra a su paso, pide bendiciones y suplica milagros, mientras los fariseos que están desperdigados entre la multitud, preocupados por el entusiasmo que genera, tienen claro que, más pronto que tarde, deberán detenerlo y juzgarlo. Sus horas en este mundo están contadas. 
España celebra el Domingo de Ramos, confinada en los hogares, viviendo sus semanas más duras, con centenares de decesos diarios, por culpa del coronavirus y de su masiva expansión. Este año nada será igual. Las ciudades y pueblos no se engalanarán para revivir sus ritos. No saldrán los cofrades en las procesiones, ni habrá actos religiosos multitudinarios. El recuerdo de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret se vivirá desde casa por esa siniestra pandemia que se ha llevado por delante en el planeta a más de 50.000 personas y que ya afecta a cerca de un millón.  
Entre la oscuridad y la desesperanza, han aparecido estos días miles de ejemplos de solidaridad, entre los que ha pasado casi desapercibida la figura del Papa Francisco que, en un hecho sin precedentes, impartía la semana pasada la bendición urbi et orbi -algo que sólo se lleva a cabo en Navidad y Pascua- desde una plaza de San Pedro apocalíptica, desértica y presidía una oración mundial conjunta que pasará a la Historia. Bergoglio tuvo palabras de aliento y agradecimiento para los sanitarios y todos aquellos que, de una u otra manera, están empujando con valentía y coraje para que la vida se abra paso entre las tinieblas e invitó a la humanidad a reflexionar sobre la relevancia de la solidaridad y la fraternidad frente al egoísmo y al individualismo, ahora que el virus nos ha hecho igual de vulnerables, poniendo al mundo entero «en la misma barca».    
El argentino, que ordenó el traslado del crucifijo milagroso de San Marcello Corso a la Basílica de San Pedro, una reliquia de madera que es muy venerada en la Ciudad Eterna tras  sobrevivir a las llamas que asolaron la urbe en 1519 y que, años más tarde, fue sacado en procesión para pedir el fin de la peste negra, está volcado con la ayuda a los más necesitados y sus mensajes son cada vez más contundentes. En uno de los últimos advertía a los dirigentes que lo primero en esta crisis es la gente y que no se debe anteponer la economía de un país a la vida de millones de personas, porque lo que se estaría llevando a cabo es un «genocidio».
Jesús está exhausto. Su sufrimiento es inhumano. Crucificado en el Gólgota apenas puede seguir respirando, pero en su agonía, resiste, saca fuerzas y grita: «Elí, Elí, lemá sabactani (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)».
El Papa, que reconoce que nadie está exento de las dudas existenciales, cree que la pandemia es un «ajuste de cuentas» de la Madre Tierra para que nos involucremos en su cuidado y tiene esperanza en que esta tragedia sirva para que la sociedad se conciencie, revise sus vidas y cambie para mejorar, aunque muchos se queden en el camino. Una vez más, recuerda: «Dios perdona siempre, el hombre a veces, pero la naturaleza nunca».