OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Lo no vivido

09/03/2021

Acababa de aprobar mis oposiciones y el destino me llevaba directamente a Madrid, la gran ciudad, …y más para un chico de provincias. Mis 23 años recién cumplidos y el hecho de saber que ya contaría para siempre con un sueldo fijo, eran talismanes que intuía que me abrirían puertas y me llevarían a nuevas experiencias. Sin embargo, también sabía que podrían ser cepos que me atrapasen y comprometiesen, animándome a intentar ser especialmente consciente de las consecuencias de cada paso dado. En una ciudad, nueva para mí, y en unos momentos de movida efervescente, el ecuador de la década de los 80 se vivía con una intensidad, ya no solamente desconocida para mí sino incluso inimaginable hasta entonces. Jamás había pasado más de un día seguido en la capital y menos aún había pernoctado en ella. Y de repente me veía viviendo allí. Siempre me he sentido especialmente orgulloso, jactándome incluso, de las metas alcanzadas que creo que la vida y mi esfuerzo han puesto a mi alcance. De igual manera, siempre he huido de retos o compromisos para los cuales no me sintiese plenamente capacitado a fin de afrontarlos con seguridad y garantías. La mediocridad, la vanidad ligada a lo insustancial, el ridículo o el quiero y no puedo ajenos me producen risa. Confieso la dureza de mi valoración pero es así y no creo que ya vaya, pueda o me apetezca cambiar. Además, si alguna vez esas sensaciones se han acercado a mí, aunque sea de soslayo, he intentado esquivarlas como si de un Mihura que viene a embestirme se tratase. Así, cuando la jefa de estudios de mi centro me propuso dar clase a cursos altos, de repente un alud de sensaciones angustiosas se abalanzó hacia mí haciéndome sentir frágil, débil, vulnerable. Intentando quitarme la pesada losa que creía que me aplastaría, de nada sirvieron mis razonamientos y justificaciones. Sin darme cuenta me encontré en un aula con una veintena de personas, buena parte de ellas mayores que yo, trabajando materiales de un nivel que hoy, 36 años después, se presentarían ante el horizonte de un joven actual a modo de criptogramas egipcios puestos ante la mirada de un mono gibraltareño. Pronto, aquellos jóvenes se percataron de que yo no conocía la ciudad y, menos aún, esos ambientes que no quedaban al alcance de la luz solar ni de un joven que había desarrollado su vida en una pequeña ciudad y en multitud de tiendas de campaña como principal vivencia vinculada a su tiempo libre. Repentinamente, varios alumnos se ofrecieron para enseñarme los secretos de la noche madrileña… aunque más acertado sería indicar que me impusieron esa tarea como contrapeso de la que yo les mandaba semanalmente. Y descubrí lugares y formas de vida y perfiles que se habían ocultado a mis ojos desde siempre. Y colmé mi tiempo libre de experiencias que hasta entonces no llamaban mi atención ni provocaban en mí curiosidad alguna. Y fueron varias las noches que se unieron con el siguiente día mediando simplemente, entre devoción y obligaciones, una cafetera familiar vaciada íntegramente en mi taza. Y experimenté sensaciones contrapuestas al vivir lo que antes había rechazado y al desear rechazar lo hasta entonces vivido. Tiempos aquellos en que los perfiles de maestro y aprendiz se fusionaron en mentes y cuerpos ávidos de vida. Y llegué a decir no a vivencias suculentas que ante mí se dibujaban. Pero esa es otra historia a contar no sabiendo uno ahora mismo si procede arrepentirse o no al no haberla vivido.