EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


El Cojo Manteca

04/03/2021

Pablo Hasél es el Cojo Manteca de su generación. El Cojo Manteca era Jon Manteca Cabañes, un energúmeno icono mediático de los años ochenta al que le faltaba una pierna, que se hizo famoso destrozando mobiliario urbano con su muleta en una manifestación de estudiantes con la que se topó por casualidad, el 23 de enero de 1987 en la ciudad de Madrid.
La diferencia radica en que Jon Manteca no era un niñato de papá, como Pablo Hasél, sino un pobre desgraciado al que las circunstancias de su vida, desde que a los dieciséis años le amputaron una pierna al caerse de un poste tras recibir una descarga de un cable de alta tensión, le llevaron a convertirse en un símbolo estudiado por los sociólogos.
Jon Manteca se fue de su pueblo, Mondragón, con dieciocho años porque no le gustaba como le trataba su padre, según manifestó en alguna ocasión. Y ahí puede que encontremos el origen de su peculiar personalidad. Su personalidad, la de Pablo Hasél, la de quienes lo apoyan desde posiciones políticas relevantes, y la de todos los jumentos que han venido destrozando las calles, rompiendo escaparates, desvalijando comercios y tirando piedras a los policías, destilando un odio profundo, visceral, contra todo y contra todos, contra ellos mismos, con probable causa en su originario entorno familiar, por falta de cariño o por una exposición, desde temprana edad, a sufrir abusos verbales o físicos. El resultado es ese odio profundo y salvaje que exhiben, culpabilizando de todo a la sociedad y al mundo, reaccionando con conductas impulsivas, agresivas, con violencia vial, lanzando o rompiendo objetos y, muy probablemente, con el maltrato intrafamiliar que no vemos.
En el caso de Pablo Hasél encontramos al sociópata perfecto si, además de todo ese supuesto origen de negativas vivencias infantiles (yo creo que a este muchacho lo han querido poco), le sumamos una deficiente y exigua capacidad neuronal que le imposibilita para cualquier atisbo de reacción inteligente que le llevara al remordimiento, al sentimiento de culpa, al arrepentimiento, a la reflexión racional para sopesar las posibilidades de ponerse en manos de algún profesional de la salud mental.
Pero el verdadero problema de fondo radica en que Pablo Hasél cuenta con el beneplácito de algún psicópata de éxito que lo apoya, que lo alienta o que lo consiente. Probablemente se tratará de algún tarambana despiadado, insensible, aunque superficialmente encantador, con poco o ningún respeto por los sentimientos o las necesidades de los demás, aunque aparente que le interesan todas más que su propia vida. Alguien con falta de empatía, irresponsable y narcisista. Alguien importante que suele realizar sus fechorías de manera premeditada, pero con todos los riesgos calculados. Alguien que sabe manipular a otras personas para que infrinjan la ley, mientras se mantiene seguro a distancia. Algún manipulador de los sentimientos.