TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Virgilio y Cervantes

14/07/2020

Cervantes fue alguien grande y listo, aunque por no vivir como Shakespeare algunos lo consideren un fracasado. El demostró su sabiduría aprendiendo de los más grandiosos sabios de su época y de las anteriores, uno fue el poeta Virgilio, el poeta más exitoso que hubo en Roma, el cual vaticinó la llegada de Cristo. Virgilio por su premonición fue elegido por Dante para su Divina Comedia, aunque otros dicen que se refiere a un emperador romano: “De lo más alto de los cielos nos va a ser enviado un reparador. Alégrate Lucina, por el nacimiento de este niño, que hará cesar la Edad de Hierro, reinante hasta ahora, y extenderá la Edad de Oro por todo el universo.” Y vuelve sobre el advenimiento: "El que debe obrar estas maravillas será engendrado en el mismo seno de Dios". Sin olvidarse de su madre: "Vuelve la Virgen y el nuevo imperio de Saturno y el alto cielo nos brinda una nueva descendencia".

Lo que quiero decir es que no hay fortuna en el mundo, ni en las cosas que en él suceden por buenas o malas que sean, que tengan que ver con la providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo, como vosotros, forjo mi destino día a día, pero no siempre con la prudencia necesaria, y así, me han salido al gallarín muchas de mis presunciones. Si mis herramientas son débiles nunca podre derribar o edificar un gran castillo, aunque tuviera mucho tesón.

Muchas veces en la vida hemos sido derribados, perdimos la honra, pero no podemos perder la virtud de cumplir con nuestra palabra. Cervantes se subió a lomos de rocinante, era caballero andante, atrevido y valiente, y yo ahora solo soy escudero pedestre, que quiere que sus palabras valgan, cumplir la promesa de "desfacer" entuertos. No más honra que la virtud, refugio de menesterosos. Voy en mi noviciado, caminando, buscando la virtud en el encerramiento enmascarillado y covidiano sin olvidar el ejercicio de las armas, que ahora son mis palabras escritas, momento en que los ateneos están en silencio.

Leo lo que dice Cervantes (QII, VI): "La senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin". Y esa vida es la presentida por Virgilio, la que fue buscada con insistencia en el siglo de oro. Entonces en los montes vivían letrados, y don Quijote o Cervantes, que nunca se sabe quién puede ser, le decía al hermano cabrero: "Es más el número de los simples que de los prudentes; y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo". Descubrir que Virgilio y Platón fueron almas gemelas me ha sorprendido. Abrazaron el platonismo, el que aparece en Montesinos, el místico que nos lleva al romance y al hades. La Eneida comparte elementos del Persiles, en los que el mayor desafío no son las borrascas o los rivales que quieren vencerlos sino la fidelidad a unos principios y cumplir una promesa. En las églogas de Virgilio dialogan pastores que aparecen representados en la Galatea regalándonos versos. Y ambos se fijan en lo pequeño y humilde, en la vida sencilla de los pastores. Mil seiscientos años los separan, y a nosotros dos mil de la llegada de Cristo. Ellos lo tenían claro, y entender el presente es imposible sin esa mirada retrospectiva, sin comprender lo que decía "Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido". Y aquí, recordando que esto también pasará, se consumirá, y se deshará, muchos no se quieren enterar que ellos pasaran como una sombra, como el humo su gobierno se difuminará, y no serán nada.

Pasó el Imperio Romano y el español, Virgilio y Cervantes. Hoy lo que entendía un escudero no lo entienden sus señorías: "Dios lo oiga –dijo Sancho–, y el pecado sea sordo, que siempre he oído decir que más vale buena esperanza que ruin posesión".