OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Víctimas y verdugos

13/04/2021

Como cada mañana, escucho la radio mientras preparo mi primer café del día. Luego vendrán otros, pero este es el que más disfruto, ese que me ayuda a tomar contacto, en plena noche todavía, con una nueva jornada. Mi periodista de referencia adelanta los asuntos con los que despertará el día. Es una de esas pocas personas que envidio, cada día más y con mayor saña, uno de esos a los que robaría cerebro, codos, talante y valores para hacerlos míos, solamente míos. Al momento alude a no sé qué estudio realizado por no sé qué colectivo. Trata sobre la situación que viven los jóvenes de hoy en relación a la experimentada hace 25 años por los de entonces. Los datos son desoladores y las soluciones a los problemas actuales pocas y exclusivamente al alcance de unos pocos. En su crónica, analiza los factores que influyen para que actualmente solo un 50 % de ellos vea un horizonte laboral viable, no únicamente al alcance de sus ojos sino, sobre todo, de sus manos. Me resulta imposible dejar de echar la vista hacia aquel tiempo con el que, los sesudos sociólogos que han hecho ese estudio, comparan las posibilidades y salidas laborales actuales. Que la situación actual es extremadamente delicada es incuestionable para cualquiera que esté en su sano juicio y por supuesto fuera del poder gubernamental y de su extravagante responsable, alguien que siempre ve estas cosillas con un optimismo que hace dudar de la existencia en él de equilibrio emocional o psicológico alguno. Sin embargo, viajando en el tiempo y analizando, con ojos de entonces, aquella recta final del siglo XX, ¿alguien veía en aquellos momentos y para aquellos jóvenes la vida como un campo únicamente cultivado de orégano? Otra cosa es valorar aquella época con ojos de hoy y compararla con el sufrimiento y los datos actuales. Entonces sí que nadie dudará de que cualquier pasado fue mejor, al menos cuando se trata de juventud y mercado laboral. Sin embargo, es fácil buscar responsabilidades ajenas, echar balones fuera y culpar a los demás de carencias propias. Es esa una actitud de vida que, no solamente no comparto, sino que cada vez aborrezco más y que me hace imaginar la cata moral y nivel de ponderación psicológica de quienes la asumen como propia, aunque no la reconozcan. Nuestros jóvenes de hoy son, y lo tengo claro, víctimas en estado puro y máximo. Lo son por la formación deficitaria recibida buscando cada vez más su bienestar cortoplacista y no aquel del que deberían disfrutar durante toda su vida. Lo son por la pésima educación recibida de sus amadísimos progenitores que han preferido siempre recibir sonrisas y parabienes de sus hijos antes que asumir los riesgos emocionales que conlleva, frecuentemente, enfrentarse a ellos a fin de que con esfuerzo y constancia cultiven hoy aquellos frutos, destrezas y habilidades que les permitirán ser autosuficientes mañana. Pero también son presas cautivas de la falta de ambición lícita que ellos mismos acreditan, del poco arrojo que ponen de manifiesto a la hora de querer expresarse mejor, abrir más horizontes, ser más inquietos intelectualmente, acreditar más curiosidad y mostrar más autocrítica y menos autocomplacencia. Cierto es también que todo ello es consecuencia de los déficits indicados. ¿Lo peor? Lo peor es que a un tanto por ciento muy alto de ellos les falta todo eso mientras que los demás, sus rivales, lo tienen y explotan al máximo. Una vez más, no todo el mundo es igual. Víctimas, sí, pero procedente sería también identificar a los verdaderos verdugos y templar sus influencias malsanas.