TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Puede que Pedro Sánchez, esta vez, acierte en algo

Cuando Quim Torra, ese desastre ambulante, escribió a Pedro Sánchez, pidiéndole un encuentro, opiné que el presidente del Gobierno central en funciones debería haberle recibido. Me alegra, la verdad, que rectifique. Torra es, ni más ni tampoco menos, el presidente de la Generalitat de Cataluña, un presidente autonómico más, y lo es de una autonomía potente, conflictiva, importantísima para el futuro de España. Un mal presidente para los catalanes, por cierto, pero eso no lo destituye del cargo. Sánchez rectifica en este punto -muchos lo han calificado de 'oportunista' y seguramente lo es, pero ¿no lo es casi siempre la política?- y en otros: al fin, con más de un mes de retraso, recibirá a Pablo Casado, además de a Inés Arrimadas. Y hasta a Bildu, que, qué le vamos a hacer, tiene también representación parlamentaria.

Solamente en la mesa del diálogo, me dijo alguna vez Adolfo Suárez, se puede aspirar a solucionar los conflictos. Y Nelson Mandela nos dejó escrito que "es imposible... hasta que está hecho". Puede que, además de sus aspiraciones sin límite para permanecer en La Moncloa, en el Falcon con 'catering reforzado' y todo eso que le aleja de nosotros, Sánchez esté intentando lo que a primera vista parece imposible, aunque quizá lo haga por vías equivocadas: llegar a una 'conllevanza' con el inmenso problema catalán, como Adolfo Suárez llegó con el president de la Generalitat que vino del exilio, Josep Tarradellas. Parecía imposible, allá en 1977, pero se hizo.

Sánchez no es Suárez, ni Torra, obviamente, es Tarradellas, ni siquiera aunque se suba a lomos de Puigdemont. Pero son los elementos que tenemos, además de la innegable ojeriza existente en el bando independentista entre los de JuntsxCat -o sea, Torra y Puigdemont- y Esquerra Republicana de Catalunya -o sea, el aún encarcelado Oriol Junqueras--. Mucha habilidad le hará falta a Sánchez para navegar entre esas aguas procelosas y, además de lograr su investidura, pacificar, sin ceder en lo fundamental, y lo fundamental son muchas cosas, la 'cuestión catalana'. Ojo, que no he dicho resolver definitivamente, que esa es harina de otro costal, sino 'pacificar', o sea, aquietar, es decir, conllevar un poco al orteguiano modo. En resumen, nada de poner el Estado patas arriba, de ir hacia una Constitución republicana y todo eso que pretenden los secesionistas, faltaría más.

Es como desatar el nudo gordiano: quizá, como Alejandro, tendrá Sánchez que acabar usando la espada, pero el tajo siempre tiene riesgos de que todo acabe precipitándose al abismo. Conciliar el rechazo que una mayoría de los españoles siente hacia un acuerdo con ERC, sobre todo cuando se presenta con esta falta de transparencia; jugar a que 'el enemigo de mi enemigo es mi amigo' con el litigio entre ERC y JxC; sofocar la loca ambición galopante y juguetona de Pablo Iglesias; tranquilizar al empresariado sin contrariar a los sindicatos, y, encima, seguir gobernando, con Presupuestos nuevos y todo, es tarea que exige la presencia de un estadista de primera. Sobre todo, con la que se está liando en el mundo -el Brexit acabará por costarnos caro y lo de Trump va a ser aún más costoso para todos- y con los problemas, hasta demográficos y de profunda desigualdad, que aquejan a la propia España.

Soy, ante todo, ciudadano y patriota y quiero que las cosas salgan bien en mi país, aunque los ingredientes de este pastel no sean los adecuados y, encima, estén caducados. Lamento que Sánchez nos haya engañado tantas veces, desde luego, incluso cuando nos reiteró que no pensaba hacer coalición con Unidas Podemos, que personalmente es solución que me parece peligrosa para la convivencia nacional. Desde la derecha tampoco se han hecho grandes esfuerzos por evitarlo. Ya quedan pocas salidas, si es que queda alguna. Llega el momento de la verdad; pienso que el presidente en funciones podrá hacer un remiendo para sacar, a trancas y barrancas, su investidura en enero (menudo 2020 nos espera). Pero con remiendos no basta. Lo peor, o quizá, Dios me oiga, lo mejor, vendrá luego. Sánchez, no nos falles... más.

 



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