BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Québec y Cataluña

08/12/2019

Decir que Canadá se está dejando absorber progresivamente por la grandeur de los Estados Unidos no es decir nada nuevo. El mapa conformado por Québec y Ontario y los Estados de su vecino norteamericano desde Boston y Nueva York hasta Chicago en torno a los Grandes Lagos, conforma el esquema de la opulencia.
El azar me ha traído a Montréal en estos días del inicio de su terrible invierno, donde todos los diablos parecen conjurarse para hacer saber al ser humano lo que es el frío, un frío que hace resquebrajarse las piedras. Excepción hecha de sus temperaturas polares y de sus nieves que se eternizan durante meses, la ciudad rebosa cultura y animación en estas vísperas navideñas rebosantes de luz y color. Encanta ver cómo la mayoría de su población compagina la cultura francesa con la inglesa, lo que le da un plus de atractivo e interés.
Preocupado, como gran parte de mis compatriotas españoles, por el problema del separatismo  catalán, he hecho una pequeña encuesta de carácter oral entre los alumnos a quienes he impartido un curso de traducción en la universidad, y el resultado no ha podido ser más llamativo e instructivo para mí: de los treinta y tres alumnos preguntados, la gran mayoría se han declarado ajenos a la posibilidad de un Québec independiente. Tras años en que, luego de la llegada al poder del Partido Québécois en 1976 y los dos referéndums para la declaración de independencia de Québec, el de 1980, que los electores rechazaron por gran mayoría, y el de 1995, en que, llamados de nuevo a las urnas, el ‘no’ ganó por unos cuantos miles de votos, la cuestión secesionista empieza a ser ya un mero recuerdo, por más que catalanes interesados digan lo contrario. Para la juventud, al menos, que es el futuro, un país poderoso como Canadá, con un más que esplendido porvenir en todos los órdenes, quedaría cercenado y mutilad. Quitarle más de ocho millones de habitantes aun total de unos cuarenta, justo en el corazón del país, sería darle una puñalada en el costado a una de las grandes potencias del mundo.
 La cultura y la información, porque han sido esencialmente éstas, han dado la vuelta a una situación que parecía irreversible, haciendo ver a las nuevas generaciones que con el involucionismo no se va a ninguna parte en un mundo esencialmente globalizado, y que el fanatismo no lleva a ninguna parte. Una lección que, tras años de ceguera, ellos aprendieron por medio de lo que se conoce como la ‘Revolución tranquila’ que unas cuantas reformas oportunas introdujeron en la descontenta sociedad quebequesa, dándole un nuevo impulso y un mayor grado de confianza.
 Por ahí posiblemente debería empezar el diálogo que los independentistas catalanes de uno y otro color piden a gritos al Gobierno de Madrid, un diálogo en el que la cultura y la historia desempeñaran una función principal, por no hablar del pragmatismo y la visión del futuro. Aunque mucho nos tememos que en el caso catalán, a diferencia del quebequés, sean ellos los que pretendan llevar toda la razón e imponer todos sus agravios. Porque, de ser así, estaríamos en un verdadero impasse y tan sólo quedaría el recurso de la fuerza o el del aburrimiento. El adoctrinamiento al que ha sido sometida gran parte de la juventud catalana en escuelas, institutos y, sobre todo, universidad, no hace presagiar nada bueno. De cualquier modo, me ha parecido la mar de oportuno aportar este dato para que nadie se llame a engaño, si Québec lleva años sin pedir un nuevo referéndum es pura y simplemente porque, al contrario que en Cataluña,  la juventud ha optado por no dejarse manipular por los que ven la historia en función de sus propios intereses, llevando a menudo a los pueblos al caos.
 Eso es justo lo que hace Puigdemont y Junqueras, que acabarán siendo juzgados por la historia con esos mismos parámetros. Mientras tanto, España seguirá sufriendo y perdiendo puntos en un mundo en el que la competitividad lo es todo. Los odios y las afrentas a los que sin cesar aluden, vistos a distancia se asemejan ridículas, tantos como los apoyos walones y escoceses de que a menudo se sirven para apoyar su involucionismo.