Un 'regalo' a una amistad eterna

Javier Villahizán (SPC)
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El artista catalán pintó 'Mujer, pájaro y estrella' en honor a las cinco décadas de afecto y estima hacia Pablo Picasso

Año 1966-1973. | Dimensiones 245x170 cms. Se puede ver en Museo Reina Sofía de Madrid

Uno era tímido e introvertido y el otro avasallador y extremadamente sociable. Sin embargo, la amistad llega muchas veces por esos recovecos de la vida indescifrables entre personalidades dispares y completamente diferentes; será por aquello de la complementación o, quizás, por la adición de caracteres.
Sea como fuere, lo cierto es que Joan Miró y Pablo Picasso se convirtieron en amigos inseparables, podría decirse que eternos después del regalo que el catalán pintó al andaluz.
Miró dejó para la posteridad la obra Mujer, pájaro y estrella, un óleo que empezó en 1966 y que terminó justo el día en que murió Pablo Picasso, el 8 de abril de 1973. Una vez terminado, anotó en su reverso en catalán:  Femme, oiseau, étoile (Homenatge a Pablo Picasso).

 

Camaradería.

Todo empezó en marzo de 1920. En aquel entonces Miró era un joven de 26 años al que le faltaba poco para arrancar su carrera y que había preparado las maletas para marcharse a París y Picasso, que llevaba ya 16 años en la capital francesa, había cumplido los 38 y su carrera era un éxito tras otro, como lo demuestran las famosas Las señoritas de Avignon (1907) o Arlequín (1917).
En ese entorno y gracias a que las madres de ambos se habían hecho muy amigas en la Ciudad Condal -María Picasso y Dolores Ferrà-, la primera le instó a la segunda, cuando se enteró que Joan iba a ir a París, a que le llevase una ensaimada, que al malagueño le gustaba mucho. Sin embargo, Miró no pudo hacer entrega del dulce porque nunca encontraba a Picasso en su casa, en el 21 de la Rue de la Boétie y, pese a que se estaba estropeando, no se la comió. El malagueño quedó muy sorprendido el día que el bollo llegó a sus manos. «¿Pero hombre, por qué no se ha comido usted la ensaimada?», cuentan que le preguntó.
Desde ese momento, ambos cultivaron una amistad personal, de admiración mutua, que alcanzó hasta Mujer, pájaro y estrella, casi medio siglo más tarde.
En ese tiempo, y más allá del cariño, cada uno disfruta con el artista que hay en el otro y se enriquecen e influencian de manera mutua.

 

Simplicidad.

Miró toma de Picasso elementos del cubismo, y a su vez este, quien valora la espontaneidad y el colorido del arte del joven Miró, llevará su obra a una etapa surrealista.
En este cuadro están tres de los elementos más presentes en toda la obra de Joan Miró: la mujer, el pájaro y la estrella. Todo es simple, muy simple: las líneas, las formas, el color. El artista, que también está en el final de su carrera, demuestra su gran lección sobre el arte, que es a su vez una lección sobre la vida misma: como él mismo dice, «para ganar libertad hay que ganar simplicidad».
En la simbología mironiana, la mujer alude al vínculo del ser humano con las raíces de la tierra, junto al pájaro y la estrella, que simbolizan la atracción espiritual, y que se representan a ambos lados de la figura central.
El óleo se define, además, por la fuerza del fondo blanco. Sobre este luminoso fondo emerge la gran figura femenina, de formas amplias y construida como un gigantesco collage de colores planos. Miró, en toda su esencia.