TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


De porteros

Las viejas leyendas de plaza, soportal y potrero sitúan entre palos (chaquetas en el suelo) al gordito, al torpe, al vago o al que estaba lesionado. Nadie quería ser portero entonces. Son pocos, casi ninguno, los porteros vocacionales desde tan tierna edad, pongamos seis u ocho años. Poco los que decían que su ídolo (va por generaciones) era Arconada; y aunque lo dijesen, preferían hacerse una banda, tirar paredes con las paredes o rematar. Lo de calzarse los guantes, cuando no había gorditos, torpes, vagos o cojos, era algo rotatorio: cada gol encajado, cambio de arquero.

Las normas de aquel fútbol (anarquía ofensiva, básicamente) siempre dejaban desamparado al portero. Las del juego profesional, poco a poco, lo han ido desamparando aún más. Le impusieron aquello del saque rápido, que algunos contaban en segundos y otros en pasos; le prohibieron agarrar la pelota si el balón llegaba cedido por un compañero; consecuencia de la norma anterior, le obligaron a mejorar su juego con los pies, el que nunca había necesitado. Paulatinamente, las fábricas de balones los concibieron cada vez más livianos, maravillosos para el golpeador e imprevisibles en el vuelo: esféricos más veloces, efectos más exagerados, rebotes más fuertes…

El viernes, el VAR dictaminó que Andrés Fernández (portero del Villarreal) había efectuado un movimiento ilegal -un pasito hacia adelante- en el penalti que detuvo en el Ciutat de Valencia. El lanzamiento se repitió, fue gol y el Levante ganó el partido. «El que ha hecho esta norma (una más: no adelantarse en la pena máxima) no ha sido portero: es imposible tener los pies en la línea y lanzarte a parar un penalti», decía frustrado. El portero, por su condición de máximo enemigo del gol, siempre será un bulto sospechoso para los jefes del juego, los que dictan toda las leyes, las justas y las estúpidas.


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